Desde mi ventana
Carmen Heras

La primera vez que me llamaron vieja (bien es verdad que muy educadamente) no estaba preparada para ello y me molestó, ¡vaya si me molestó! Sobretodo porque quien lo hacía era un hombre maduro y era fácil intuir que mentarme el tema tenía segundas y terceras intenciones.

Hasta ese momento yo no había pensado en la edad como barrera, una en esto siempre es la última en enterarse, tal como dicen que ocurre con “los cuernos”. Sabía que tenía unos años pero nunca me había defendido de ello, ocultándolo, como hacía una antigua amiga de la que nunca supimos su año de nacimiento, así que desperté. No por un “beso de príncipe”, sino por “lengua taimada de serpiente”, y supe que cumplir años puede ser usado en tu contra, sin compasión ni defensa de abogados. Sobre todo, porque a tu alrededor lo jalean. Cada cual en su estilo: los jóvenes al verte lejana (creen) a ellos y oportunamente sustituible por el hueco que dejas, y los de tu edad porque reafirmas el esquema que alaba la jubilación de todos, sin ambages.

La renovación, o llega por si misma o no es tal

Cuando oigo defender a alguien, como asunto destacable de gestión, el haber intervenido para lograr una renovación generacional, me doy cuenta de que es un planteamiento despiadado y no útil. Un peligro. Para todos. Porque la renovación, o llega por si misma o no es tal, al convertirla simplemente en un juego de cromos intercambiables que al no apoyarse nada más que en la edad biológica y no en la edad mental, construye, a duras penas, una “fachada” bonita, pero, demasiadas veces, ay, sin nada detrás.

Es grave el asunto, créanme, incluso para los propios jóvenes a los que no se da tiempo a fundamentar sus conocimientos y su equilibrio emocional desde unas posiciones seguras al lado del adulto y no solos desde un primer puesto de decisión. Pero también es ofensivo para la gente madura, la que estando en la plenitud de sus facultades es “arrojada” al exterior del circuito de trabajo por procedimientos simplistas que los consideran a idéntico nivel intelectual que a los neófitos.

¿Quiere esto decir que aborrezco que los jóvenes lleguen y brillen? Rotundamente no, de ninguna manera. Lo que claramente afirmo es que las etapas madurativas (como ocurre en la educación) deben desarrollarse para construir una personalidad armónica que enfrente las circunstancias vitales propias y ajenas y, si no se hace, los resultados suelen ser malos para la generalidad de los conciudadanos y proyectos. Cuando cumplí los diez años, mi padre me sentó enfrente de él y me dijo: -“Hijita, eres ya una niña mayor, ¿que te parece si a partir de ahora, tus regalos son siempre cosas útiles?”-. Yo, ingenua, dije: -“Pues vale”-. Y a partir de ahí, dejé de tener muñecas cuando las chiquitas de mi alrededor seguían jugando con ellas. He sido una niña feliz, pero ese pequeño agujero de una etapa de la niñez, nunca se rellenó.

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