Desde mi ventana
Carmen Heras

Una gran mayoría de las mujeres de mi época nos escandalizamos por pocas cosas. Aunque ahora resulte que algunos sectores, tenidos por progres, vengan a explicarnos (eso sí, con mucha trompetería) las características del cuerpo femenino, y cómo disfrutarlo. Y lo peor es que lo hacen de una forma tan vasta y tan vulgar… Uffff, menudos vídeos circulan por ahí.

Una parte de mi educación es fruto de las enseñanzas del Festival de Woodstock, una congregación hippie con música de rock, realizado en una granja de 240 hectáreas en Bethel, Estado de Nueva York, durante tres días de agosto de 1969. El evento fue decisivo para la llamada generación de la contracultura. Claro está que vivido por nosotros en la lejanía y de una manera humilde, pues es sabido que España se ha retrasado siempre en lo referente a cualquier cambio, y no iba a ser distinto con este; lo que quiero decir es que el acontecimiento tuvo mucha importancia en el mundo de la música, y sus postulados influyeron poderosamente en el pensamiento de la gente de mi generación, nos deconstruyeron y volvieron a construir.

Otro tanto se puede decir del famoso Mayo francés, la cadena de protestas estudiantiles, fundamentalmente universitarias, a las que después se unirían las sindicales, llevadas a cabo en Francia durante mayo y junio de 1968. Las protestas recorrieron varios lugares del mundo, entre ellos España, durante todo el año 1968. Iban contra la sociedad de consumo, el capitalismo, el imperialismo, el autoritarismo, y en general contra las organizaciones políticas y sociales (entre otras, la propia universidad) de la época. La revuelta (con influencia del movimiento hippie, tan en boga) se hizo grande y puso contra las cuerdas al gobierno francés de Charles de Gaulle que hubo de convocar elecciones generales anticipadas.

En mayo de 1968 yo acababa de entrar en la Universidad, con toda la transcendencia que eso tenía por aquel entonces, cuando las universidades escaseaban y el acceso era tan restringido que prácticamente solo estudiaban en ellas los hijos de familias ricas, de militares con alta graduación, o los becados con expedientes súper magníficos. En ese tiempo mis compañeros corrían delante de los “grises” en la Ciudad Universitaria de Madrid, reclamando libertad, se castigaba el reparto de propaganda sindical o partidista, y en los debates universitarios (hechos bajo el envoltorio de foros cinéfilos) los postulados de los estudiantes franceses marcaban la pauta y eran referencia para todos con sus frases significativas pintadas por doquier. Los preceptos de paz y amor libre primaban, a pesar de la guerra del Vietnam, o quizá como antídoto frente a ella. Mi generación creció así de forma rápida, aborreciendo la hipocresía, el ornato consumista y las imposiciones de la tradición correspondiente. Si el matrimonio era un contrato entre dos personas, sobraba la parafernalia y el rito y si alguien cursaba una carrera, lo lógico era tener el diploma acreditativo de ello y sobraban las orlas, esas fotos fijas de cuarenta o cincuenta personas vestidas con una anacrónica prenda. Íbamos al concepto y no tanto a las formas. A lo sincero y no a su representación. Por cosas así, hay parejas que hoy no tienen foto de su matrimonio, se comprometieron en una ceremonia sin oropeles en un frío juzgado y desde luego, existen innumerables licenciaturas, sin orla enmarcada que colgar en el despacho.

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