La historia. Carmen Heras

Desde mi ventana
Carmen Heras

Tengo grabadas en la mente y en la retina las imágenes del entierro de John F. Kennedy, el presidente de Estados Unidos que tantas expectativas levantara con su Gobierno metáfora de Camelot, el reino mítico del rey Arturo. En el televisor en blanco y negro de la inmensa y fría sala de estudio del colegio, donde nos encontrábamos, vimos pasar el cortejo fúnebre, la viuda y los hijos, detrás del féretro, desolados. Mucha de mi niñez se condensa en esas imágenes, pura tristeza por un sueño que se nos vendió excelso y apenas llegó a comenzar. Estábamos en noviembre de 1963. Como tengo, también, en la memoria el recuerdo, cinco años antes, de la misa que todos los escolares de Zamora oímos en la catedral para pedir por la salud del Papa Pío XII, ya muy malito. Murió el 9 de octubre de 1958. Niños chicos, al fin, discutimos durante la ceremonia con nuestras convecinas de otro colegio por ver quién era el mejor, el más estupendo, el más caro… y lo curioso es… que la pugna sigue existiendo, tantos años después, en la ciudad.

Los grandes hechos públicos, cuando son importantes, contribuyen, apuntalándolas, a las características más acusadas de nuestro carácter. Tanto como los privados. Quien no recuerda de estos últimos los realmente influyentes en nuestra forma de entender la vida y hasta en nuestro ideario. Como aquel día en que, ya adulta, subiendo yo las escaleras de la Audiencia, para visitar a la máxima autoridad en la materia, con quien trataría un asunto como responsable de mi centro, me crucé con un joven, muy joven, que bajaba. Venía de tomar posesión como juez, y mi lado maternal me indujo a preguntarle: “¿Y te sientes preparado para juzgar a otros?”. “Si” – me dijo- sin dudarlo, y yo supe así que no lo estaba.

La historia de cada uno empieza, pues, a forjarse en mil y uno detalles específicos y luego hemos de introducirla en el puzzle del resto de las historias del mundo, o quizá sea al revés, y sea la historia general la que nos determina y aprisiona y seamos nosotros no más que puros instrumentos, desde el principio, predeterminados para hacer lo que luego hacemos sin ambages, aunque -tontos de capirote- creamos lo contrario: que todos tenemos libertad de elección. De niña, este asunto conseguía agobiarme: de creer lo que escribían los románticos clásicos, existen las fuerzas del sino que tiran inexorables de hombres y mujeres, espíritus que gobiernan nuestras vidas condicionándolas y nosotros los humanos somos incapaces de detener los procesos, tan previamente marcados.

La irrupción de la pandemia, en nuestra época mas reciente, ha venido a corroborar de alguna manera algún que otro corolario de los anteriores. Fruto del azar, del interés o del descuido, su existencia nos ha demostrado lo frágil del ser humano, si bien es cierto que, aún a trompicones, hemos encontrado un camino para salir del atolladero. Ya es otra cosa el segundo asunto actual, el de la guerra de Ucrania, del que siempre nos preguntaremos si pudo evitarse. Sorprendente resulta hoy escuchar a los líderes de territorios europeos recomendando prudencia a sus convecinos, advirtiéndoles de futuros sacrificios pues Rusia tiene la llave para recortar el gas, fundamental en nuestras vidas. ¿No lo previeron, cuando decidieron meter a sus países en una guerra tan profundamente interesada? Al final va a resultar que nadie es tan sabio y ético como aparenta y que ningún humano es respetable para su mayordomo si a diario lo ve en calzonas y sin máscara.

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