El hombre del kiosco. Carmen Heras.

Desde mi ventana
Carmen Heras

Al hombre del kiosco le falta un brazo. Siempre ha estado ahí, al menos desde que yo recuerdo. Vende prensa, tebeos y golosinas, en una típica plazoleta de la pequeña ciudad, desde los tiempos en los que los coches de línea (con ruta desde la capital a los pueblos del oeste y viceversa) paraban enfrente, hace tiempo, para recoger y dejar a los viajeros. Cuando no existía la estación de autobuses que los agrupa. Este verano, cada día de vacaciones, por la mañana temprano y con la fresca, he realizado el mismo circuito a orillas del Duero, caminando, para hacer un poco de ejercicio. A unos quinientos metros de mi casa, se encuentra el kiosko metalizado, con una pequeña bóveda para darle un cierto empaque clásico. Lo regenta un hombre mayor, no creo que cumpla ya los setenta años.

La vida del hombre del kiosco gira alrededor de este. O al menos eso parece. Ha colocados tres bancos de madera, alrededor de la puerta, para que varios amigos, mayores como él, se sienten, cuando van a pasar un rato allí. Del robusto árbol cercano pende una pequeña jaula con cuatro pajarillos de colores dispares, y al otro lado se divisa una planta, pujando por crecer, con hojas como las de las higueras, quizá lo sea.

Al decorado le falta unas cortinas alegres para conseguir una imagen totalmente doméstica y acogedora

En la pequeña plaza donde se ubica su territorio, la zona que ha formado la única mano disponible del hombre, simula un pequeño cuarto de estar presidido por el propio sillón del propietario, cojín incluido, en el que se sienta. Como en las clásicos ambientes familiares. Eso sí, al decorado le falta unas cortinas alegres para conseguir una imagen totalmente doméstica y acogedora, pero, claro, tanto no es posible pues, en el “cuadro”, sin paredes, existe solo una “ventana” enorme, abierta en todas las direcciones y no hay tela para cubrirla.

La estampa, observada en cámara lenta, provoca ternura, por real y humilde. Es un micromundo dentro de nuestro mundo complejo, ese del que hablan los sociólogos. Cuando paso, caminando cercana, la conversación se detiene y los conversadores vuelven curiosos la vista hacia mí, escudriñando, para volver luego a retomar su ritmo, una vez que doy la vuelta al recodo y cruzo el paso de cebra. Ellos también son ciudadanos. Me pregunto que opinarán de los grandes asuntos que mueven hoy las conversaciones de moda en España y el mundo. Y me contesto que la realidad, para muchos, es bastante más concreta que la de, pongamos por caso, nuestros representantes en Madrid y mucho más previsible. Por las circunstancias.

¿Calibran ustedes la importancia de una circunstancia, ese estado o condición de las personas en momentos determinados, y que puede ser favorable o desfavorable en relación a unos objetivos y a unos resultados? ¡Ay, amigos, las circunstancias! ¡Esas que cambian la vida de los seres humanos y que algunos nunca parecen querer tener en cuenta!

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