Verdades casi imperceptibles

Desde mi ventana
Carmen Heras

Hay una leve ironía invisible en esa primera sensación de no reconocer a alguien que, habiéndote hecho algún daño, has perdido de vista durante mucho tiempo. Me ocurrió ayer. Entre la gente, al mirar de forma distraída, mi vista tropezó con unos rasgos que se me antojaron familiares, pero que no supe discernir por qué. Yo estaba hablando con unos colegas y fue cuestión de segundos, el sujeto estaba fuera de su ambiente, e incluso no era predecible encontrarlo allí, pero lo cierto es que, así al pronto, no me di cuenta de quien era. ¡Que bárbaro! Que cosas tiene la vida…(me dije).

De una manera, también (y todavía) un tanto imperceptible, va calando en la sociedad intelectualmente más avanzada el que apoyar la educación únicamente en la competencia digital, como estrategia instrumental preferente, puede hacer disminuir el rendimiento en otras áreas cognitivas, logrando que las personas no exploren, no indaguen, no hablen, incluso no piensen o lo hagan de manera escasa. Ya está ocurriendo y las luces rojas de alarma han comenzado a encenderse. Nuestros alumnos esquematizan tanto que olvidan construir un relato, llevados por la simplicidad del lenguaje de ordenadores y teléfonos móviles. Como en tantas otras cosas no existen los términos medios, nos vamos de un extremo a otro, sin discusión, considerando estériles los métodos tradicionales, para abrazar otras pautas de enseñanza, tenidas por modernas y actuales pero que, en aras de su atractivo para los estudiantes, olvidan que éstos también han de aprender a explicarse, oral y por escrito, con coherencia, en frases largas, términos precisos y cultos, argumentando y debatiendo en profundidad si así se necesitara, y no con monosílabos y esquemas oscuros.

En nuestros días la información llega de forma tumultuosa y sin filtro. De creer a los expertos y en nuestra propia experiencia, el flujo ha empezado a ser indigestible, dada la gran cantidad y variedad de temas recibidos en nuestros ordenadores y móviles. Desde informaciones generales hasta ofertas concretas de consumo hechas sin que nosotros hayamos dado, de forma expresa, ningún permiso. La afluencia es abrumadora. La intromisión en nuestra intimidad es cierta, aunque aparentemente no le estemos dando importancia. De no comenzar pronto a diferenciar lo válido (o no) de lo qué nos llega para proceder a su almacenamiento o extinción, pronto será imposible reconocer lo útil de lo superfluo, dado el poder de convicción de ofertas y mensajes. De no ser revisada la información que recibe cualquier niño, estaremos permitiendo que las mentes infantiles acepten mensajes no adecuados, informaciones no solventes, y toda una serie de “ruidos” que pueden malformar su propia evolución madurativa, desde lo baladí hasta asuntos de mayor calado, transmitidos a través de las redes. No se trata de ninguna mojigatería, sino de conocer las ventajas y riesgos de los instrumentos tecnológicos en una era como la actual, potentemente desarrollada, pero amoral y relativista al máximo en cuestiones que siempre estuvieron sujetas a unas reglas de convivencia y humanidad.

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