Vacaciones en Nápoles. Alonso de la Torre.

Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

El final del verano da paso, con un eterno devenir (¡puf, menos mal!), al otoño, y hoy, escribiendo esta paupérrima crónica, o columna, o lo que sea que sea esto que escribo, veo que se acerca, maravillosa e irremediablemente, el 23 de septiembre, fecha en la que el otoño “entra” este año, pero antes será día 19, y ese día es el más grande de los días en la irrepetible ciudad Nápoles (una especie, si no la conocen ustedes, de Barcelona pero más sucia, más contaminada, más chunga, más ruidosa, más meridional, más caótica); como dijo el viajero, o mejor, desmintiéndolo, “ver Nápoles y después vivir”, porque aquel viajero, que bien pudiera haber sido Goethe, dijo “ver Nápoles y después morir”; aunque pensándolo, reflexionándolo, el vate germano no creo que dijera lo de morir, porque una vez (re)leída su “Poesía y verdad”, su autobiografía, sé que no desearía morir después de vivir la belleza, sino contárnoslo.

En la Plaza de España jugaba mi hijo al fútbol (planeta fútbol, qué pena que no sea Planeta Rugby) con la chiquillería, ¡qué mezclas de voces, idiomas y acentos, rediós!, y yo le daba al Negroni en una terraza con sombrillas de Cinzano (esa marca de bebida alcohólica con los colores de la CNT); sonaban las campanas de la de alguna cercana iglesia (¿la de san Francisco?) y recordaba, sonriendo, lo dejado atrás, <<lo pasado es el prólogo>>. Vacaciones en Nápoles.

Me animé, y tras los primeros compases, inciertos por mi parte, canté como uno más

Aparecieron unos músicos terciados, redoblados, enseñados, con bigotes recortaos y colmillos sangrantes y empezaron a desgranar, ¡¿cómo no?!, canciones napolitanas, me animé, y tras los primeros compases, inciertos por mi parte, canté como uno más (se callaron quedándome a mí como solista, y como eran rematadamente buenos en lo suyo, me “siguieron” en mi mal medida de compases y en mi “cerrado” e ignoto italiano). Repartimos dividendos y al despedirnos entre abrazos, risas y brindis (Lacryma Christi), uno de ellos, Tolè, me dijo, “semblas calabrese”. “¿Y eso es bueno?”, pregunté. “Sí, pero a ti lo que te iría, con ese acento tan macarra que tienes, es la tarantela y la música de Salento”. Je, je, me pongo, al finalizar el estío, a ello preguntándome en qué se diferencia el Estado y la Mafia (en el tamaño, colegas, en el tamaño).

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