Biñas y niños. Alonso Torres

Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

No veo programas de televisión donde los protagonistas son niñas y niños haciendo sus gracioserías (su tía la soltera y su abuela la del pueblo alucinan con ell@s y se les llenan los ojos de lágrimas mientras el corazón chorrea grasa amatoria), no veo programas televisivos donde pequeñas y pequeños presentan y desarrollan sus cualidades “artísticas” (¿¡quién coño engaña a esos padres gazmoños para llevar a sus vástagos a sitios por el estilo?!) para luego, cuando no son elegidos para pasar a la siguiente fase (que esa es otra, ¡venga fases!), o cuando pierden “la final”, lloran como si les fuera la vida en ello (que les va, que les va la vida en ello porque el mundo está lleno de hijosdeputa, como yo, y cuando vuelvan al colegio serán presas del más cabrón de los bullings). ¡¡¡Los infantes, a jugar!!!

Lloré porque estaba ante algo maravilloso

Al final del libro “El doctor Zhivago” (léase “Sívago”), de Pastenak (pobre de él, el malvado Stalin no le dejó ir a recoger el Premio Nobel de Literatura a Estocolmo y tuvo que, desde su dacha, seguir escribiendo pa los gatos y pa cuatro disidentes), su hermanastro, el hermanastro de Zhivago, interrogando a la supuesta hija del poeta (que lo es, que lo es) le pregunta que si toca la balalaika. “Sí”, le responde ella. “Ah!, ¿y quién te enseñó?”, vuelve a preguntar el militar de altísima graduación. “Nadie”, dice la chica avergonzada. “Entonces es un don”, y la deja marchar.

Y estando el otro día en la casa materna, enreando, abriendo armarios y nevera, buscando algo que leer que no fuera literatura rusa (¿”Ostende”, podría ser esa la novela que buscaba, era “Ostende”?), fumando en el balcón “de Juanjo”, deambulando pasillo arriba pasillo abajo como alma en pena repitiendo el mantra del sábado-noche, “no voy a salir, no voy a salir, no voy a salir…”, mi madre me llama. “Alonso, mira y escucha a este niño”. El niño en cuestión tiene tres años recién cumplidos y toca el tambor (sus padres son unos capillitas que lo flipas, de Huelva, donde tan feliz he sido, <<desde que se inventó la máquina de cortar jamón, desde que se inventó el bidé, ni el jamón sabe a jamón ni el coño sabe a coño, yo tengo una piraña en mi bidé>>) y sí, el bebito tiene un don, de veras que sí lo tiene; y viéndole, escuchándole (santa dualidad de la música), lloré, lloré porque estaba ante algo maravilloso. Ahora lo que veo por la tele es “La isla de las tentaciones”, un programa (muy muy) humorístico donde gilipollas/gilipollos hacen el ridículo más espantoso y lamentable, que también es un don, ¡y me encanta!, solo falta alguna que otra actuación musical para que la cosa sea redonda (ahí lo dejo).

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