Otra oportunidad. Enrique Silveira.

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

No es que al aparecer se viera la grandeza de Dios, como le ocurrió a Calisto al encontrar a Melibea mientras buscaba a su halcón perdido, pero cuando se presentaba Virginia a todos se nos aceleraba el pulso y dejábamos de mirar hacia los lugares en los que ella no se mostraba como epicentro indiscutible. No solo por su hermosura, también destacaba por una simpatía difícil de igualar, un delicado y discreto interés por los entresijos de la vida de los que la rodeaban y una generosidad más propia del santoral que de los bares de moda. Enamorarse de ella no resultaba una tarea en absoluta costosa, confesárselo se convertía en heroicidad porque, al mirarse en el espejo, casi nadie podía imaginar que recibiría la deseada reciprocidad. Amigos desde la infancia, Jorge y Javier se fijaron en ella casi al mismo tiempo. Sin siquiera comentarlo, ambos iniciaron una competición en la que existían otros contendientes que fueron quedando a un lado, a veces por precipitación, a veces por desesperación. Virginia zanjó la disputa —no sin muchas vacilaciones— cuando eligió a Javier y al tiempo provocó que una relación fructífera durante años se diluyera sin remedio. Jorge no digirió bien la derrota, se distanció hasta definir a su otrora amigo del alma como un conocido más y arrinconó los recuerdos comunes en un compartimento de la memoria que rara vez usaba. En sus esporádicos encuentros prevalecían desde entonces el recelo y la desconfianza y eso llevó, irremediablemente, a la separación definitiva. No era la primera vez que una mujer distanciaba a dos entrañables amigos —tampoco la última—, pero por mucho que se hubiera convertido en un hecho casi cotidiano no dejaba de ser un drama.

No era la primera vez que una mujer distanciaba a dos entrañables amigos

¿Cómo recuperar años después una relación que ha sufrido un seísmo de tal magnitud? Se vislumbraban varias opciones: la primera, quítate tú, que ahora me toca a mí, alternativa esta que solo desplazaba el malestar de uno al otro —muy generoso se ha de ser para ceder amablemente a la mujer de tus sueños, pocos habrá capaces de ello— ; la segunda, vamos a compartirla, muy útil en el cine, donde la ficción campa a sus anchas, pero tan inhabitual entre los humanos de andar por casa que mejor no intentarlo, no sea que el cataclismo retorne con renovadas fuerzas; la tercera, mucho más frecuente entre los que gozan del cine como espectadores y no como protagonistas, déjame sitio porque vuestra relación está tan gastada que demanda a gritos una separación. Prosaico pero efectivo.

Al elegir esta última, todos salieron ganando: Jorge recobró aquella pasión de juventud y le sacó tanto jugo que el tiempo parecía no haber transcurrido; Javier abrió las puertas para buscar otra relación que le recordara aquellos años de juventud repletos de entusiasmo y además mitigar el tedio que presidía su existencia. Virginia pensó que quizás se había equivocado, pero la madurez le había regalado una nueva oportunidad, ahora que Dios ya no la acompañaba cada vez que entraba en los locales de encuentro. Jorge y Javier volvieron a ser afectuosos amigos —que para la reconciliación siempre hay tiempo— y así poder gritar a los cuatro vientos que la civilización existe, solo hay que buscarla y acoplarse a ella.

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