Tiene que llover a cántaros. Carmen Heras.

Desde mi ventana
Carmen Heras

Recalcitrante significa: “se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones, a pesar de estar equivocado”. Lo decía siempre una profesora de mi infancia cuando la exasperábamos.

No hay nada como la política local para poner los pies en el suelo. Lo que pasa es que la mayoría de las veces la gente no lo aprecia hasta que no tiene que ver con ella de una manera directa. Por eso, en muchas ocasiones se maravilla de algunas cosas ampliamente desarrolladas con anterioridad. Si alguna vez todos los políticos locales fueran conscientes de la amplitud del campo en el que trabajan, podrían hacer la revolución que implica cambiar la norma general profundamente anquilosada. Las normas específicas obsoletas. Aunque el sentimiento de dinamismo de algunos no fuera compartido por la mayoría. Pues eso es como los falsos espejismos. Nadie cambia una sociedad de un día para otro y mucho menos su voto.

Cáceres es una ciudad amable en las formas. En el fondo, ya es otro cantar

Hoy me ha dado por pensar que cuando vemos a las personas repetir muchas veces los mismos argumentos, las mismas prédicas o consignas, puede que no sea para información de los demás, sino para convencimiento íntimo del propio asunto. Está el tiempo un tanto desarbolado, no hay duda. Conviven en él diversas maneras de mirar el mundo, lo cual resulta muy interesante si en los aspectos fundamentales todos nos seguimos sintiendo dentro de un proyecto colectivo. Lo que no siempre ocurre.

Las costumbres han cambiado enormemente. Entre la matriarca del clan que atraviesa el restaurante para venir a saludarme “en honor a mi marido que te apreciaba mucho” (me dice mientras me besa) al contertulio que se va sin despedirse, hay toda una gama gigantesca de colores, no solo en educación sino en capacidad de entendimiento. A veces, al cruzar un pasillo de la facultad, te tropiezas con una colega que hace sinceras alharacas al verte y la situación te pilla tan desprevenida que reaccionas circunspecta en exceso por no ser esa la escena habitual. Y es que la persona se esconde, detrás de un caparazón, para protegerse de hipotéticos desaires, aún en cuestiones ínfimas. Mimetizando una manera de actuar acorde a la moda en un ambiente determinado

Cáceres es una ciudad amable en las formas. En el fondo, ya es otro cantar. Pero en lo primero tiene la bonhomía de los hijosdalgos, conseguida poco a poco entre las piedras de sus palacios e iglesias. El desdén con el que trata a otros en algunas ocasiones es poco perceptible al principio de vivir en ella y no entiende de clases sociales porque a veces el orgullo de las consideradas más bajas, según el esquema teórico, también es agresivo y separador. Una ciudad lo es, no por su tamaño sino porque tiene “alma ciudadana” (diría Spengler). Aquí y ahora Cáceres tiene mezcla de pueblo y urbe urbana, casi mitad y mitad.

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