Tarjetas de aparcamiento para personas con movilidad reducida. Emilia Guijarro.

Hoy mi artículo va dedicado a un joven atleta que seguramente no leerá esta columna.

La semana pasada, cuando salía de casa, me encontré con una escena que por habitual empieza a ser insoportable. Estaba junto a una plaza de aparcamiento para personas con discapacidad, debidamente señalizada y muy utilizada por personas de la zona.

De buena mañana ha aparecido un coche por la calle, que tiene un aparcamiento público a menos de cincuenta metros. El coche, sin ningún distintivo, iba conducido por un atlético joven, vestido con un chandal, que ha aparcado en ella y en un abrir y cerrar de ojos ha sacado de la guantera un cartoncito azul que ha colocado convenientemente visible en la parte izquierda del volante. El preciado cartoncito que te abre la puerta a ocupar la plaza de aparcamiento reservada para personas con movilidad reducida.

El joven salió del coche y se perdió silbando por la calle abajo

Colocada la tarjeta, el joven salió del coche y se perdió silbando por la calle abajo. Satisfecho por la utilización de un bien público al que no tiene derecho, pensado para facilitar la vida a personas que verdaderamente lo necesitan.

Esto dice mucho de la sociedad en la que vivimos, la del que no tiene pudor en utilizar una plaza de aparcamiento para personas con movilidad reducida a la que no tiene derecho, pero que luego se indigna porque le pisotean los suyos, la del que pone el coche a nombre de su abuelo para pagar el IVA reducido, la del que busca como un poseso el grado mínimo de discapacidad para conseguir una plaza laboral de las reservadas para personas con discapacidad, la de aquel que solo se acuerda de las personas con discapacidad a la hora de utilizar los servicios pensados para ellos, la de aquellos que cuando van a una parada de taxis no quieren usar el adaptado, porque prefiere que no le vean en ese coche.

Las personas con discapacidad han alcanzado derechos, pequeñas conquistas que no son más que eso, pequeñas ventajas, facilitadoras de la vida de aquellos que nacieron o sufrieron grandes desventajas. Algunos depredadores voraces también se consideran con derecho a apropiarse de ellas. A ellos va dedicado este artículo.

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