Neruda, Martin Luther King, Plácido Domingo. Emilia Guijarro

Lunes de papel
Emilia Guijarro

Esta semana, invadida por las noticias del coronavirus, la confesión y arrepentimiento de Plácido Domingo se ha abierto un hueco importante en el mundo informativo. Y no es para menos. Pero aún así, siguiendo una tradición de siglos, en la que a las mujeres que denuncian abusos no se las ha creído, tampoco ahora ha sido diferente, ni se esperaba otra cosa.

Hemos visto a muchos de sus colegas, hombres y mujeres, a muchos personajes públicos que se han apresurado a ponerse al lado del poderoso Plácido y a no querer ver la realidad, contada por esas mujeres que trabajaron con él.
No se podía esperar menos de una tradición en el que la mujer es indirectamente culpable de todo lo que le ocurre.

Cuántos ídolos se nos van cayendo. Y a su lado el círculo de los aduladores, de los cómplices

Y así lo entendieron esos ovacionadores que cuando se destapó el escándalo, le aplaudieron con fuerza en sus conciertos por medio mundo. Y han tenido que ser tan evidentes y abrumadoras las pruebas para que el divo baje de su pedestal y reconozca lo que tantas veces ha negado. Coincide con el juicio de Harvey Weinstein y el auge del “me too”, coincide con las declaraciones de muchas actrices que han pasado por el mismo trance, coincide con las denuncias de deportistas de élite, abusadas por sus entrenadores, coincide con mujeres en los ejércitos que van contando sus historias gota a gota, siempre con el mismo patrón de conducta: el hombre poderoso que cree que su poder le da derecho también a la posesión del cuerpo de las mujeres.

Cuántos ídolos se nos van cayendo. El gran Neruda, Martin Luther King, y otros tantos de los que vamos conociendo sus maneras de actuar. Y a su lado el círculo de los aduladores, de los cómplices.
Y en eses tiempo hemos estado los demás, sin saber, sin cuestionar, intuyendo que algo pasaba en esos mundos del espectáculo, porque la tradición ya daba por hecho que para triunfar en el cine no bastaba con ser buena actriz, sino que había un plus añadido.

Y no vale que Plácido Domingo, haya reconocido que mintió, que fue un abusador, que se valió de su posición de poder, que haya suspendido todas sus actuaciones, su círculo de aduladores seguirán pensado que se ha cometido un gran error, una gran pérdida para la cultura.
Si cundiera el ejemplo y las instituciones dieran una respuesta contundente como en este caso, y en otros que tenemos más cercanos, como ese alcalde condenado que recibe parabienes y se fotografía con sus antiguos compañeros de partido que han fingido expulsarle, el mundo empezaría a ser un lugar mejor para las mujeres.
También aquí, a los que adulan a alcaldes habría que preguntarles por qué creen siempre que la mujer es la culpable.

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