Julio Díaz, Gran Café. Cora Ibáñez.

Las crónicas de Cora
Cora Ibáñez

Julio Díaz Rubio

Supongo que dentro del oasis de Julio Díaz Rubio, existe un trasfondo de luces, atenuadas por los tonos ocres y verdosos, que desprenden ese aroma intenso destilado por el espíritu transparente de la esencia de trementina incluyente en la gama parda y oliva de su paleta de artista. Esa en la que encierra los secretos de su arte y se convierte alternativamente en su amiga o su enemiga dependiendo de los momentos intrínsecos, solitarios y sucesivos formados por los gestos de su pincelada y la búsqueda de nuevos trazos y sensaciones.

El protagonismo lo marca el matiz tenue de evocaciones yuxtapuestas en Las paredes del Gran Café y que hoy contemplamos, fundiéndose con la luz que dota la obra de Julio Díaz y otorga de uniformidad y textura sus óleos, indicándonos los movimientos logrados después de un estudio interno y exhaustivo. Utiliza su pintura como lectura del adiestramiento que nace de las formas y los colores primitivos; sugiriendo en supuestos para oasis pictóricos, ese arte ecléctico.

Experimenta sobre dibujos, los significados profundos de su pensamiento que vuelan más allá de lo puramente académico, enlazando las variaciones de las primeras imágenes hacia un sentimiento más intenso, rompiendo lo anodino y aplicando la materia a través de su espátula, creando composiciones extraordinarias que nacen del trabajo con sus pinceles.

Fondos definidos y abrumadores en los que se encuentra cómodo, atenuando las vibraciones de su creatividad, jugando con la dualidad suave de ambientes concretos.

Siempre en continua búsqueda, Julio Díaz nos regala, con su trabajo, las estelas que van naciendo de su ingenio y profesionalidad, transformando la realidad en un mundo paralelo que huye de lo estridente y se adecua a su forma de vida y a su libertad.

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