Refranero. Enrique Silveira.

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

El ser humano ha de asumir una serie de hechos insoslayables que colman su existencia sin que se puedan manejar al gusto del afectado. Algunos son enojosos, irritantes, pero otros resultan regocijantes e invitan a disfrutar de la vida con un apetito voraz, insaciable, porque ofrecen perspectivas de la existencia hasta ese instante desconocidas que se muestran de repente atractivas y apetecibles. Me refiero a la ineludible capacidad del prójimo para aprender de lo que le rodea aun sin empeño, sin más padecimiento que la observación y una tenue memoria. Al cabo de un tiempo, aunque no haya acudido a los templos para eruditos, el humano atesora suficientes conocimientos como para enfrentarse a sus avatares con mayores garantías y, además, acuñar expresiones que pueden servir de guía para aquellos que no encararon ciertas vicisitudes; a esos dichos los denominamos sabiduría popular y acudimos a ella más veces de lo que deberíamos porque, en demasiadas ocasiones, la usamos antes de utilizar los recursos propios. Ya sea que aparezcan unos u otros, esto no es una salvaguarda: las personas cometemos atroces errores aun contando con las mejores herramientas.

A esta sapiencia del pueblo, a los refranes, voy a aludir. Con el tiempo, las máximas que se toman como sentencias irrevocables empiezan a tambalearse y pierden su atávica eficacia al comprobar que no son tan fiables. Algunas no soportan un leve análisis. Se dice “Al que madruga, Dios le ayuda” y ¿no es una crueldad salir de la cama cuando el despertador te lo ordena? De hecho, casi siempre es el mayor esfuerzo al que nos enfrentamos; para muchos la felicidad comienza cuando te levanta la emergente luz del día, sin ruidos estridentes, sin apresuramientos, con la placidez de las almas tranquilas… ¿Más vale lo malo conocido? Si fuera así, la humanidad estaría estancada desde hace una eternidad. El mundo evoluciona según comprueba que los parámetros por los que se guía no son los mejores y los cambia sin dilación. Los que se suben a una patera saben que resulta del todo imposible que lo que les espera sea peor que lo que dejan atrás.

Soportar los arreones de la vida solo te acostumbra a la adversidad

El que se fía entregado al “ Cuando el río suena…” es que no se ha enterado de que las fake news pueblan el orbe desde hace más tiempo del que suponemos y que sirven para arruinar las reputaciones más consolidadas, por mucho que los jueces recuerden a los que las usaron como verdades inexorables que eran bulos esparcidos con mala fe. No hace falta adscribirse a los hedonistas para darse cuenta de que el “No hay mal que por bien no venga” parece más una condena que un medio para conseguir la ventura. Soportar los arreones de la vida solo te acostumbra a la adversidad, pero esta no deja de ser una maldición más y de esas ya hay demasiadas. Mejor esquivar los males que no usarlos como trampolín. Ilustrados de aldea, sabios que vaticinan el futuro desde la atalaya de la sencillez, letrados que no confían en las capacidades de sus descendientes y que se dejan conquistar por el pesimismo sabed que, además de su talento para aprender, los más jóvenes se enfrentan a los contratiempos sin tener que recurrir a los aforismos de los ancestros que beben a menudo del miedo y de los convencionalismos. Valientes y optimistas usan menos el refranero.

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