El Rodeo (primera parte)

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Desde hace algunos años El Rodeo es una lustrosa urbanización que puede considerarse hasta bastante céntrica, tan repleta de fornidos edificios que solo ves el cielo en toda su amplitud cuando paseas por el hermoso parque en torno al cual ha sido construida. Sin embargo, no muchos años atrás para los que no tenemos suficientes dedos en una mano con los que indicar las décadas que llevamos ocupando este mundo y, sobre todo, residíamos en las proximidades, El Rodeo era un espléndido parque temático, aunque en ese momento desconociéramos el término porque estos lugares de regocijo no existían en nuestro reducido universo o se ubicaban tan lejos que disfrutarlos parecía una auténtica utopía.

Cabían una infinidad de actividades en él, desde la observación de la naturaleza, como imitadores del admirado Rodríguez de la Fuente, que se podían encontrar muchos tipos de aves, roedores, arácnidos o pequeñas serpientes, hasta la práctica deportiva un poco compulsiva, por eso de que con suerte podrías sustituir en poco a los héroes mejor considerados de la época: los futbolistas. La enorme extensión de terreno que ocupaba no pertenecía a nadie en exclusiva; un poco por sentido común y otro poco por influjo tribal cada conjunto de edificios gobernaba la zona más próxima y los vecinos solo hacíamos uso del territorio que no considerábamos nuestro si era parte del itinerario o compartíamos actividades con los moradores oficiales, cosa que ocurría rara vez porque la natalidad de la época era tan disparatadamente alta que ya resultaba difícil ponerse de acuerdo con los propios como para también negociar acuerdos con los ajenos. Aun así, solo de cuando en cuando, a alguno de nosotros con la autoestima crecida le parecía que retar a los vecinos era un incentivo apetecible y les proponía un fío, palabra caída en desuso que todos conocíamos bien por entonces que venía a significar encuentro internacional, por eso de que los contendientes pertenecían a otro barrio. Podías ser visitante o local, los encuentros se disputaban a cara de perro, que el orgullo patrio estaba en juego y las más de las veces la cosa acababa en gresca porque cuesta asumir la derrota incluso a esas edades.

 
 
 
 
 
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El Rodeo mostraba un amplio colorido a lo largo del año; predominaban el verde, desde mediados de septiembre hasta mayo, el marrón, claro u oscuro dependiendo del agua, en las pocas zonas que no admitían vegetación por el continuo tránsito y el amarillo agosteño cuando apretaba el calor. El también amarillo del pan y quesito se apreciaba con nitidez durante la primavera, algo menos el blanco de las margaritas o el rojo de las amapolas y muy poco el de las otras flores que no tenían nombre y que recogíamos para nuestras madres sin saber lo que eran, a sabiendas de que causaban en ellas el mismo efecto que si hubieran sido encargadas en la más afamada floristería del momento. Eso sí, lo hacíamos a escondidas para no perder puntos en la clasificación de machotes que tan difíciles eran de conquistar: reconocer un excesivo apego a las madres era de panolis, aunque todos sin excepción padeciéramos esa terrible e inconfesable tara.

Dependiendo de la época, las actividades variaban: las había de verano y de invierno, de mañana, tarde y noche, adaptables según la temperatura reinante, exclusivas de efemérides y algunas, aunque pocas, se realizaban fuera del barrio (unos pocos metros que nos parecían kilómetros) lugar que nos costaba abandonar porque en ese microuniverso todo se conocía con detalle y además, aunque no se comentara, había cierto recelo, por no decir temor, a lo que pudiera acontecer más allá del terruño en el que todos nos sentíamos protegidos.

Entre las diversiones, el rey indiscutible era el fútbol, que se jugaba durante la mayor parte del año sobre una hierba que no se parecía al tapiz del Bernabéu, pero que daba mucha envidia a los que no vivían por allí. A veces los campos se delimitaban con las preceptivas líneas y, con suerte, levantábamos porterías con palos abandonados (o sustraídos sin malicia), entonces solo faltaban las gradas para que te sintieras como los jugadores del CP Cacereño, que jugaba sus partidos solo un poco más abajo. Los encuentros acababan cuando el balón dejaba de verse o en el instante en el que las madres reclamaban la presencia en el hogar -a voz en grito, por supuesto-; ese era el momento de pasar revista a la indumentaria, por descontado la misma para toda actividad, y procurar que no se notaran las manchas entre negras, marrones y verdes que inevitablemente habían pasado a decorar tus pantalones, cuestión esta que era el pasaporte para una sonora bronca de madre, afanada siempre en tenernos como la patena. El calzado de la época tenía una calidad poco común porque aguantaba un tiempo más que considerable a tenor de los constantes embates que sufría y relucía con facilidad tras frotarlos con las manos que pasaban a albergar la mugre transportada en ellos.

No participar en los partidos -alguno había, pero debías tener mucho valor- significaba reconocer un estigma que nadie podría solucionar -los sicólogos no abundaban por entonces- y pasar a engrosar las filas de los marginales que no gozaban de muchas prebendas y despertaban innumerables recelos (ser diferente, que no peor, se castigaba sin misericordia, aún hoy sigue pasando). Las peripecias de los partidos determinaban una jerarquía que se proyectaba más allá del terreno de juego. Si destacabas en el campo, no hacían falta las buenas notas ni que las niñas te miraran con interés porque ya tenías ganado un espacio preferente: te acercabas al Olimpo. Por el contrario, si no marcabas un gol ni al arco iris, caía sobre ti el mayor de los desdoros, peor aún que la imposibilidad de participar en la batalla en la antigua Esparta que te condenaba al monte Taigeto. Por supuesto, todos nos considerábamos mejores jugadores de lo que en realidad éramos y recordábamos aquellos momentos en los que habías sido protagonista, aunque hubieras marcado de rebote o con la rótula porque de lo que se trataba era conseguir la victoria a todo trance. Además, los goles de chilena no proliferaban dado que el fútbol de entonces estaba poblado de jugadores más bien rudos que no valoraban las habilidades gimnásticas. Si a ello le sumamos que conocíamos la secuelas de un buen costalazo, se entiende con facilidad. El punterazo, o trallazo, sí tenía adeptos; cuanto más fuerte le pegabas a la pelota más crecía tu prestigio y te acercaba a la ansiada edad adulta.

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