Valor para educar al alumnado. Enrique Silveira
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La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Para Juan, ese septiembre debería ser uno más, uno de los últimos porque tras treinta y ocho años de profesión la vida laboral tocaba a su fin. No se había obsesionado nunca con la jubilación; aún tenía obligaciones familiares -sus nietos, su maltrecha madre- y además
pululaban en su mollera proyectos que se parecían mucho a aquellos alocados de juventud
que nunca cobraron forma, lo que le aseguraba actividad suficiente como para que la apatía no irrumpiera perniciosamente en su existencia y lo doblegara antes de tiempo.

Aunque Juan no tenía las mismas energías que en el comienzo de aquel lejano primer curso, con solo veinticinco primaveras, distaba mucho del síndrome del profesor quemado que aquejaba a no pocos compañeros. Su carrera profesional no había sido siempre un camino de rosas; la inexperiencia inicial le había enfrentado a situaciones poco regocijantes, pero ninguna tan dolorosa como las que de vez en vez saltaban a las páginas de los diarios y hacían dudar a cualquiera de su vínculo con las aulas por eso de que esos centros escolares se asemejaban en exceso a un campo de batalla. Por supuesto se había topado con educandos muy difíciles – atribulados, indomables, iracundos, apáticos… -, pero la mayoría había dejado en él un regusto agradable y muchos, indeleble; los temidos padres se habían comportado con corrección y respeto, salvo unos pocos, los menos, que no entendían que a sus hijos debían educarlos con algo más que con un amor irreductible.

Con el tiempo, había ido ganando seguridad ante los alumnos, de manera que los conflictos casi se habían disipado; entendía que las indumentarias y las costumbres cambiaran cada pocos años y hasta en cierta forma el continuo contacto con esas mutaciones retardaba la llegada de otras etapas de la vida, como si la constante juventud de su público se le impregnara.

Bien es cierto que ya en edad madura aparecieron problemas de índole distinta, más
desasosegantes, que requerían un sobreesfuerzo para culminar la jornada laboral solo
cansado, sin angustia. Tras décadas de tiza y pizarra, llegó la revolución tecnológica, la que
llenó el aula de pizarras digitales y pantallas de veinticuatro pulgadas que relegaron a los
profes en el podio de los más sabios y les enseñaron el camino de la empatía y la motivación como cauce de relación con los jóvenes clientes; no arredró este trascendental cambio a Juan, todo lo contrario, le supuso un acicate al que no pudo sustraerse. Lo peor: nunca había entendido Juan que las leyes de educación cambiarán tan deprisa y sin el obligado consenso entre las fuerzas políticas. No podía comprender la falta de sensibilidad de los partidos por el mundo de la enseñanza, al que parecían considerar exclusivamente un caladero de votos a medio plazo. Incluso así, una vez que Juan cerraba la puerta tras de sí solo sus alumnos requerían sus atenciones y olvidaba quién había alcanzado la presidencia del gobierno y cuáles eran sus aviesas intenciones.

A pocos días de reencontrarse con alumnos a los que en el último trimestre únicamente ha
visto a través de una pantalla, Juan experimenta por primera vez una sensación que ha
tardado en reconocer: el miedo. Su salud es en general buena, pero Juan ha heredado muchas virtudes de sus ancestros y también unas cuantas deficiencias, sobre todo la hipertensión y una diabetes cada vez más inoportuna, que le otorgan la condición de personal de riesgo. Eso significa que debe cumplir con el deber mientras afronta más peligros que nadie si el virus que nos ha cambiado la vida se aloja en sus entrañas. Sus discípulos se han convertido en potenciales amenazas no porque no quieran aprender: pueden ser los transmisores del pérfido bicho que anticipe su jubilación. Desde las autoridades educativas a Juan le recomiendan optimismo y confianza; a Juan le viene a la cabeza pedir la baja por primera vez en su vida…pero sería la única ocasión en la que ha salido derrotado de un aula.

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