Cplegio, Enrique Silveira

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Uno de lo sueños infantiles más recurrentes se sustenta en el cierre del colegio, lugar que de adulto resulta evocador porque la memoria se encarga de filtrar los momentos malos y dejar exclusivamente los buenos por eso de que las amarguras ya hicieron efecto en su momento y no conviene resucitarlas. En mi infancia, esa quimera se hizo realidad cuando murió Franco, del que yo solo conocía que hacía las veces de emperador en una España que hacía mucho que había dejado de ser un imperio. Mi padre fue mi acompañante esa mañana con un aire más circunspecto de lo habitual porque sospechaba que oscuras sombras se cernían sobre el futuro inmediato. Nos separamos muy cerca del colegio; recorrí impaciente el trecho que me faltaba y hallé en la puerta un cartel que anunciaba la suspensión de la actividad académica por riguroso luto.

Gozamos ese año de un luminoso mes de noviembre que nos permitió patear las calles del barrio desde la mañana a la noche durante una semana, ¡una semana! El sueño se había concretado sin que mediara ni mi hada madrina ni el genio de la lámpara de los que dudaba desde hacía mucho y pensé que algo le debía a ese tal Franco al que mi padre rendía constante pleitesía: en mi casa se podían encontrar no menos de una docena de biografías suyas.

Sin espíritu solidario no se puede vivir y que a la grandeza se llega invirtiendo con el civismo

Han transcurrido cuarenta y cinco años para que mis hijos puedan disfrutar de una utopía que se convierte en suceso tangible. La alegría que los envuelve no se desasemeja en nada a la que disfruté hace ya un mundo. La ventaja de quienes gozamos con aquella luctuosa interrupción es que el luto por quien no tiene que ver con tus afectos no te exige severas restricciones y es compatible con juegos y diversiones; sin embargo, ellos han de respetar unos requerimientos que trascienden el duelo porque lo que ha provocado la clausura de las aulas no es la muerte en sí, sino el agente que la provoca. No invita al esparcimiento el coronavirus; más bien al contrario exige enclaustramiento y prohíbe la relación con los congéneres que mientras comparten la libranza pueden transmitir el germen que te roba la salud.

La historia se repite más veces de las que quisiéramos y ello se demuestra en que Franco y la propagación del Covid-19 no solo tienen en común el cese de la actividad docente. Ambos se erigen como bisagra entre dos épocas porque después de su influencia ya nada puede ser lo mismo. La desaparición del primero provocó una convulsión en la sociedad que, una vez superados los temores y las muchas dudas, supuso una modernización enriquecedora e irrevocable. Aprendimos tan rápidamente a vivir en libertad, asimilamos en tan poco tiempo los parámetros de los vecinos que parecían habitar en otra galaxia que los españoles pudimos mirarnos en el espejo con cierta complacencia, orgullosos de una evolución que parecía incompatible con nuestra idiosincrasia. La aparición del segundo va a exigir de una ciudadanía acomodada, demasiado confiada, la realización de esfuerzos que se presumían solo propios de las partes del mundo más desfavorecidas, aquellas en las que se reconocen estas situaciones muy deprisa porque han convivido con ellas sin apenas pausa. Un germen que nos afecta a todos nos obliga a una solidaridad que escasea demasiadas veces y nos recuerda que la fraternidad se erige como arma fundamental cuando hay que enfrentarse a enemigos tan fornidos.

Ahora nadie imagina una sociedad que no gire en torno a la democracia; se puede esperar que, extinguido el virus que nos afecta, nos convenzamos de que sin espíritu solidario no se puede vivir y que a la grandeza se llega invirtiendo con el civismo y la camaradería como monedas.

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