De Desconocido - USIA / National Archives and Records Administration Records of the U.S. Information Agency Record Group 306, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4344206

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

A menudo no somos conscientes de ello, pero el ser humano evoluciona sin cesar, minuto a
minuto, en la inmensa mayoría de los casos ni de forma ostensible ni vertiginosa, pero sí
irremediable. Quizás por ello, algunas expresiones pierden relevancia en cuanto se analizan
con cierto rigor: “Estás como siempre…”; “no has cambiado nada…” se presentan como
manifestaciones que mueren nada más nacer porque el paso del tiempo comporta una
evolución inexorable de la que los humanos en ocasiones no queremos saber.

Cambiamos constantemente unas veces para bien y otras no tanto; los bípedos pensantes
hemos sido capaces de mejorar la sociedad que habitamos con respecto a las precedentes,
pero en ocasiones también involucionamos y provocamos entre nuestros congéneres
estupefacción y desaliento al alterar directrices que no necesitaban modificación alguna.

Reflejo de estas transformaciones son los cambios lingüísticos que te obligan a reflexionar a la hora de utilizar términos que han cambiado tanto que ya no pueden usarse como antaño, so pena de no comunicarte con precisión o despertar reacciones inesperadas.
Aquel primero de diciembre de 1955, en un autobús de Montgomery, Rosa Parks se negó a
ceder su asiento a otra persona por el simple hecho de ser blanca. Su negativa le supuso la
cárcel porque aquella exigencia se basaba en un lacerante racismo del que ella se había
hartado. Subyugar a otro con el absurdo argumento de que hay razas superiores a otras es el sustento del racismo; para enarbolarlo hace falta mucha ignorancia, maldad de sobra o una maléfica mezcla de ambas. Pero en nuestros días, la palabra racista se aplica con tal ligereza que librarse de ella es prácticamente imposible. Si no perteneces a la etnia predominante y causas conflictos, muchos acusan de racista al que no te permite transgredir las normas mientras obvian el verdadero motivo de la intervención, con lo que desprestigia el término y falta al respeto a aquellos que arriesgaron su bienestar y muy a menudo sus vidas para mejorar las generaciones venideras.

El machismo tiene la misma aberrante base que la discriminación racial porque ambas beben de una hiriente injusticia. Durante toda la historia de la humanidad, la mujer ha sido relegada de las funciones dirigentes por su género y, sin atender a sus capacidades, arrinconada en cometidos de menor enjundia. Si levantaran la cabeza Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Clara Campoamor, podrían sentirse satisfechas porque la actividad que realizaron en tiempos tan adversos ha dado evidentes frutos. Hoy las mujeres acceden a los puestos más insignes de la sociedad y demuestran que la eficacia no está relacionada con el género. Pero también hay quien aprovecha aquella honesta lucha para obtener réditos espurios y consigue que el término feminismo deje de ser sinónimo de justicia e igualdad para convertirse en mero antónimo de machismo, con toda su carga negativa.

Si caes en el totalitarismo, el corporativismo y la absurda exaltación nacionalista, te habrás
ganado a pulso la denominación de fascista. El movimiento con el que se acuñó el término
trajo los acontecimientos más infaustos de nuestra historia; Adolf Hitler o Jóssif Stalin, sus
más conocidos exponentes, han pasado a ocupar los lugares de privilegio en la clasificación
de personas abyectas, esas que producen un escalofrío cuando se las recuerda, y la
rememoración de sus efectos delimita por contraposición los contornos de la sociedad que
puede mirarse al espejo sin sonrojo. Pero en estos tiempos nuestros, se utiliza la palabra con asombrosa ligereza y se aplica a todo aquel que diverge y se aleja de las corrientes de moda con ánimo de desprestigiar con la misma rapidez que inexactitud las salvedades propuestas.
Racismo, machismo y fascismo podrían incorporarse a la larga lista de pecados capitales que la moral cristiana distingue en la conducta del ser humano, pero toparía con los mismos problemas a la hora de definirlos y delimitarlos, por eso de que juzgar con trivialidad es un ejercicio demasiado habitual en la condición humana. Retorcer las palabras, también.

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