Polvo de estrellas
Foto de Emma Bauso en Pexels

Historias de Plutón
José A. Secas

La manera de situarme en el mundo (y hablo en primera persona, por no pontificar) va evolucionando según la edad y el grosor de mi relato. Desde muy joven me ha gustado “contar mi vida” y eso me ha permitido tomar conciencia y perspectiva, aspectos fundamentales para posicionarme con respecto a mi existencia y al análisis de las circunstancias. Si bien la salud mental y equilibrio emocional de los que gozo se los achaco a la herencia genética y a la educación recibida en mi niñez a base de amor y disciplina, no me cabe la menor duda de que la combinación de imaginación y reflexión generadas en el seno de mi carácter, han permitido mi crecimiento constante como ser humano y han facilitado procesos mentales tan analíticos como emocionales o sensoriales. 

 
Cuando entrando en la adolescencia relataba mi escaso bagaje vital apoyándome en mis hermosos recuerdos de la niñez, en un entorno feliz generado por unos padres amorosos y ejemplares, en una familia numerosa dentro de un clan orgulloso y fuerte, ya dibujaba un discurso positivo y optimista que, visto con la perspectiva de los años, ha ido ensanchando en cantidad y, afortunadamente, manteniendo su calidad. Me siento tan afortunado y agradecido a la vida por permitir que mis desconsuelos, tropiezos y sinsabores se hayan diluido en la esperanza, la ilusión y el optimismo que a veces se me olvida que el mérito no es mío y que no dejo de ser uno más, eso si, heredero y habitante de unas circunstancias favorables que me permiten hacer esta reflexión en voz alta para envidia de mezquinos y estímulo de almas nobles.

 
Estoy seguro de que ser hijo de José Pedro e Isabel, hermano mayor, baby boomer, cacereño, enreda y espabilado está facilitando mucho este camino que sigo recorriendo con evidente éxito. En este año que comenzó hace unos días, cambio de prefijo por sexta vez y me siento orgulloso y afortunado por poder detenerme a sentir la tierra bajo mis pies, a respirar un aire puro y a disfrutar de la vida a pesar de todos los pesares y también gracias a ellos. En un ejercicio literario terapéutico reciente, muy similar a este, reflexionaba sobre la libertad, y ante tan tremendo sentimiento de saberme capaz de actuar y pensar con criterio y voluntad propias, no podía por menos que valorar y acumular otro poderoso argumento para sentirme agradecido a esta vida que me ha tocado.
 
Claro que no paso por encima de los sinsabores y penas, del dolor, de las injusticias, de las muertes y los miedos acumulados en mi vida y repartidos y compartidos entre las vidas de todos los que me rodean. O los ojos de quienes se sitúan en las antípodas de mis emociones y sentimientos, puedo parecer un iluso y en muchos casos indolente. Me da igual lo que piensen. Lo he elegido yo. Mis procesos mentales, afortunadamente, me facilitan el recorrido por los caminos de la felicidad y tienden a ahorrarme el gasto de energía inútil que se malgasta vibrando en frecuencias cercanas a esa parte oscura que todos llevamos consigo. No me importa mostrarme como un moña y cantarle al amor imbuido en un sentimiento de buenrollismo pastelero y blandengue; en absoluto. Prefiero respirar en el amor que en el miedo. Mi apertura mental y buen talante me facilitan escuchar con calma e incluso empatizar por momentos con los atacados, quejicas, miedosos, amargados y otros especímenes con los que comparto el mundo, pero no les dejo colonizar mi alma y mantengo mi bandera blanca con orgullo por encima de mi cabeza.
 
No somos nada más que polvo de estrellas. Minúsculos granitos fugaces de materia biodegradable que se difuminan en el tiempo y en el espacio. Con estos mimbres, ¿que se puede esperar de nosotros? Yo me respondo a esa pregunta del modo que más gustito me da y más feliz me hace. Recibo y reparto amor en círculos concéntricos próximos y necesarios. Mi pareja, mi madre y mis hijos dejan paso a más niños amorosos, hermanos, familiares y amigos tipo A. Luego, dependiendo de tiempos compartidos, de distancia físicas y mentales, de intereses y afinidades y de roces más o menos tangenciales o directos, mis afectos se van repartiendo en círculos más y más lejanos hasta llegar a contemplarme dentro de una humanidad a la que pertenezco y a la que no puedo abarcar nada más que a través de un sentimiento abstracto, pero poderoso y verdadero. Los seres humanos me interesan y me preocupan tanto como mis seres queridos. En el medio se difuminan un montón de círculos grises que agrupan a personas con etiquetas que no me interesan. Cuando sus caras grises y sus discursos grises me empujan al tedio trato de verlos como parte de la humanidad y me tranquiliza pensar que no somos nada. Ojalá tuviera la capacidad de poder conocerlos profundamente para saber apreciarlos y amarlos como se merecen.

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