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Historias de Plutón
José A. Secas

Cuando Wenceslao White entró temprano en la diligencia y miró a los pasajeros, los fue catalogando tratando de adivinar sus vidas en una especie de juego que retaba a sus dotes de observación y que mantenía desde que inició su carrera profesional de agente comercial de diferentes marcas de herramientas y maquinaria. Viajaban cinco personas y él ocupó el hueco que completaba el vehículo. Justo en frente, ambos pegados a la portezuela, un caballero en apariencia tranquila llamado Walter Wells le dispensó una mirada imprecisa. A su lado una jovencita de ojos limpios le observó fijamente sin sonreír. En el extremo opuesto de la fila de enfrente una mujer de apariencia perpleja y de postura inquieta ni siquiera le echó un vistazo. A su costado viajaba un hombre imposible de identificar porque llevaba su sombrero sobre la cara, de su respiración y su postura dedujo claramente que estaba más interesado en lo suyo que en la presencia del último pasajero de la diligencia. Más allá de su vecino dormido otro hombre le recibió con un saludo de bienvenida y una sonrisa.

 
Tras presentarse e informar de su profesión y del objeto de su viaje, con un par de respuestas obtenidas a las preguntas apropiadas hechas a los educados, de las confesiones de los habladores y de los excesos de los parlanchines, se hizo una idea clara de cómo se presentaba aquella escala más de sus habituales  viajes por los pueblos del lejano oeste americano. Extrañamente se dio la coincidencia de que eran viajeros de largo recorrido y todos completarían el trayecto hasta el fin de las dos etapas sin incorporaciones de última hora y compartirían la noche en la posada de Grant a unas pocas millas de Sacramento.

 

 
 
 
 
 
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A lo largo de la primera jornada de viaje, después de las escasas paradas a comer algo, evacuar, estirar las piernas y hacer algún aparte, tras los escasos silencios, los pocos monólogos, las abundantes y delatoras conversaciones y alguna discusión que nunca llegó a trifulca, fue construyendo las personalidades y circunstancias de sus compañeros de viaje y tomó nota en su memoria para trasladarlas esa noche a su diario. Cada uno contaba su historia sabiendo que sus vidas difícilmente se volverían a cruzar y en un clima extraño de confianza que animaba a dar explicaciones o relatar, con la grata sensación de que allí se prestaba atención y se escuchaba.
 
Al final del día ya sabían que Mr. Wells viajaba con Florence su hija pequeña que se iba a vivir una temporada con sus tíos a Sacramento. Con mucho dolor de su corazón tenía que abandonar -temporalmente, por favor- a su querida hija. Desde que perdió su trabajo tras enviudar su suerte había caído en picado y terminaba por arrebatarle a su adorable hijita que era lo único que le quedaba. La joven miraba y callaba. En su mente bullían las desgracias de su padre quejica y cobarde y su amor lastimero luchaba por evitarle una despedida amarga que sin duda merecía. Aguantó el viaje con la boca cerrada, observando y escuchando. Giraba la cabeza sin sorpresa y sin cambiar la expresión cada vez que su padre largaba alguna patochada o insensatez. A su izquierda, Firtha Forrers dejaba entrever su carácter recio, pero orgulloso. Aquella ambiciosa mujer estaba trabajando muy duro para comenzar a escribir una larga historia familiar en femenino, pensado en los muchos decenios que quedaban por venir hasta llegar al equilibrio y la igualdad y por los que sólo el tesón y la educación progresiva y constante que practicaba y promulgaba, le otorgaba sentido y razón de seguir luchando. 
 
El individuo que al principio del viaje trataba de dormir llamado Wilson Webs resultó ser un profesor de una universidad de la costa este camino de San Francisco que iba recogiendo plantas e insectos asociados para un estudio muy importante que preparaba inconscientemente el origen del futuro lobby de la industria alimentaria. A su lado se acomodaba otro comercial haciendo su ruta, Mr. Werner Wittmann. Era sonriente y ocurrente. Como compañero de viaje era un animador nato que sabía moderar por instinto. Escuchaba y daba voz con habilidad a todos los viajeros.  Su sonrisa instintiva y natural era su mejor carta de presentación. Su inteligencia y producto en venta hacía el resto. Era representante de perfúmenes importados de París. Su excelente olfato le daba ventaja apreciando la calidad de vinos y licores. Era un magnífico bebedor. Alimentaba con tino su adicción porque los efectos aumentaban las lindezas de su verbo y su audacia con las palabras traspasaba consciencias, haciendo sus mensajes efectivos y absolutamente comprensibles y provechosos. Piquito de oro.
 
Al llegar a la posada tuvieron que ponerse de acuerdo para dormir de dos en dos y Florence y la Sra. Forrers se asignaron el mejor cuarto. Mr. Wells y Mr. Webs ocuparan otra habitación y los comerciales White y Wittmann la tercera. Antes de retirarse a descansar Werner se esforzó por animar la cena, compartió alcohol y risas con los compañeros de viaje y terminó por invitarles a tomar apenas unas gotitas de su “licor especial”. Tras degustar con delectación su sabor exquisito y ponderar su retrogusto y sus cualidades organolépticas, todos se fueron felices y contentos a sus respectivos cuartos. Aquella noche fue muy especial. Aquella noche surgió el amor.

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