“Ninguna crisis ha paralizado la creatividad”
Miguel Fernández Campón.

En tiempos de crisis siempre hay consultar a los que saben: a los filósofos y humanistas. Por eso, hablamos con Miguel Fernández Campón, filósofo y doctor por la Universidad de Extremadura en Historia del Arte. Sin duda, una de las mentes más brillantes del panorama actual que reflexiona, sin perder el humor, cierto gusto por lo kistch y el esperpento, ante estos tiempos tan extraños de pandemias mundiales, líderes que proponen beber lejía y donde la desigualdad nos ha estallado en la cara, derogaciones de reformas laborales aparte.

“Es una crisis sanitaria, pero sobre todo de la sanidad. Muchos sanitarios están luchando contra el virus con un procedimiento tan rudimentario como el que describe Svetlana Alexievich en ‘Voces de Chernóbil’: la pala contra el átomo’”, sentencia el pensador. Ahora lo que ocurre es que “la diferencia es que, en las partes técnicamente más desarrolladas del mundo, se poseían los medios suficientes para afrontar el COVID-19, pero se tuvieron otras prioridades”.
Esta es una de las claves de la expansión de la pandemia en Europa: hemos estado mirándonos el ombligo y ahora estamos, parafraseando a Chus Lampreave en ‘La flor de mi secreto’, “como vaca sin cencerro”. “Se pensó que podríamos vivir sin un mundo sin entorno. Se pensó que todo era un mundo-para-nosotros. Sabemos lo que deberíamos haber hecho, no lo hicimos y las consecuencias están aquí”. Por tanto, para Campón, toda esta crisis “es un modo de aprendizaje, una manera nueva de alfabetización”. Así, “aplaudimos porque el sonido es más pequeño que el COVID-19. A veces pienso que ahora los animales y las plantas son los que habitan fuera de la caverna platónica. El sol es el coronavirus, y ¿quién puede mirar directamente a los ojos del sol? No es extraño que los animales y las plantas sean los que vengan a comunicarnos nuevas técnicas de inmunidad. Aplaudir es un modo de llamar la atención de los animales. Pero, ¿sabremos interpretar lo que dicen?”, se pregunta el filósofo.

Con este panorama, no es extraño pensar que esta ‘crisis de la sanidad’ es extrapolable a una crisis sistémica del discurso capitalista y neoliberal. En esta línea, Campón defiende que resulta decisivo el “aminoramiento de la actividad”. Así, recuerda el hospital de ‘Cementerio de esplendor’, de Weerasethakul, “donde, misteriosamente, algunos personajes duermen siempre en un hospital entre unas lámparas que cambian de color. Me acuerdo muchos estos días del arte povera”.

No obstante, Campón considera que una de las cosas más interesantes durante estos días es “la globalización efectiva que ha supuesto el COVID-19”. En este sentido, afirma que “ha ocasionado una sincronización planetaria que ha hecho explotar el provincianismo”. Así, “por primera vez un ciudadano extremeño está viviendo en el mismo tiempo que un ciudadano de Nueva York. El coronavirus no ignora a las provincias, no las menosprecia. Una residencia de ancianos de un pequeño pueblo extremeño es, trágicamente, tan rompedora como el último arte de vanguardia”. Por tanto, la siguiente pregunta es: “¿estábamos seguros cuándo deseábamos la venida de la modernidad?”

 
 
 
 
 
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En este punto llegamos a una encrucijada. Por un lado el coronavirus “nos sitúa en la vanguardia” porque “la lucha contra el virus es la lucha por un tiempo propio, por el tener derecho a vivir un tiempo que sea nuestro”, explica el filósofo. “Vivir un tiempo que sea nuestro significa fabricar nuestros propios respiradores (físicos y psicológicos). Y, prosigue “en el futuro, significará no permitir a los otros contaminar las condiciones de vida”.
En otro orden de cosas, esta vanguardia lleva a reinventar el devenir de la ‘ama de casa’. Si cada día tus stories de Instagram no se llenan de bizcochos o pan artesanal con masa madre, es que algo estas haciendo mal. “Muchos que encontraban el trabajo hecho y ahora deben presenciar el proceso de los trabajos de mantenimiento”, detalla el historiador. “Siempre me pregunté qué había dentro de la casa de Heidegger, cuando escribió que los guardianes de la casa del ser eran los poetas y los filósofos. ¿Había niños, mujeres? Ahora los guardianes de la casa del ser son los que la mantienen limpia y segura”, afirma con cierta perplejidad.

La individualidad neoliberal y la falta de afectos

Una cosa está clara: las relaciones humanas están cambiando porque no podemos tocarnos. “Schopenhauer escribió que el aburrimiento deja terribles marcas en el rostro”. Por eso, remarca Campón, “nos reencontremos unos a otros con estas marcas, con algunos kilos de más y con los bolsillos vacíos. Pero no creo que el coronavirus cambie algo en nuestro modo de ser”. Llegados a este punto, lo banal se apodera del universo, “mi vecino, que sin duda constituye la peor parte de mi confinamiento, se pasa el día jugando a la Play y gritando como un cowboy en un rodeo mexicano. Yo me pregunto: ¿que nos deparará el post-confinamiento?”.

Hay un relato corto “brillante” de Miguel Ángel Hernández Navarro, donde se habla de “los rezagados”, de los confinados con síndrome de la cabaña que no quieren salir. “Espero que mi vecino no sea uno de los rezagados. Por ahora, hay que vivir en el presente. Y el presente es el estado de alarma”. Esto quiere decir que hay que “rebajar las expectativas”.
Sin embargo, eso no tiene porque ser “infelicidad”, afirma. “En un momento determinado de la Cartuja de Parma, el personaje de Fabrizio dice: “¡es asombroso esto de estar encarcelado y tener que hacerse reflexiones para sentirse triste!” Tal vez tengamos que “adquirir una nueva pobreza de mundo”. Al hilo de lo anterior, “Heidegger escribió algo sobre los animales que siempre me ha interesado: los animales son pobres en mundo. Es fascinante. Los animales están paseando por las ciudades, ellos están “ampliando” su mundo, su espacio vital, y nosotros lo estamos reduciendo”. Quizá vaya siendo hora de “reconocer nuestra pobreza de mundo, y pasar una temporada como meros seres-que-respiran, como respiradores. Una temporada o un siglo donde seamos una comunidad de respiradores duchampianos”.

Distancia de seguridad: miedo, capitalismo y recortes

El miedo al contagio, el miedo al otro, el miedo a lo diferente… esta emoción es irracional y paraliza. Lo peor es que poderosos lo saben ¿Qué dicen los filósofos sobre los recortes en derechos y libertades?
Para Campón estamos en pleno “estado de shock”, en el que “la filosofía se muestra siempre insuficiente. Siempre pueden leerse las diferentes entrevistas y textos de Sopa de Wuhan y de Capitalismo y Pandemia, dos libros que recopilan escritos de filósofos contemporáneos que piensan sobre la crisis actual”.
Sin embargo, estamos ante “un cuchillo sin hoja que ha perdido el mango”. Hablando en plata, ya no se podrá “establecer una continuidad con las visiones anteriores de mundo, porque todas se han visto afectadas”.
De esta manera, aunque algunas de las interpretaciones parecen acertadas, Campón recurre a “Nicanor Parra o Gonçalo M. Tavares, de los que siempre han desconfiado de las respuestas tranquilizadoras”. En este sentido, invita a reflexionar sobre el concepto de “devenir esclavo o devenir señor es siempre algo tranquilizador, porque al menos se representa un papel definido. No creo que, ante algo que nos es nuevo, debamos continuar con lo mismo”. Aquí, resulta crucial el papel del miedo: “lo diferente no debe ser también un miedo a los discursos diferentes o a la absoluta ausencia de discurso. Ninguna crisis ha paralizado la creatividad. El mundo no cambiará hacia donde siempre quisimos nosotros que lo hiciera. Los animales no predicen el futuro y nosotros tampoco.” Ahora, “el paso atrás y hacia adentro del que habla Heidegger respecto a la Modernidad ha cobrado definitivamente sentido”. Tanto es así que “está siendo escenificado estos días: un distanciarse de los otros hacia atrás, en el distanciamiento social, y un ir hacia dentro, a protegerse y protegernos, hacia nuestra casa. Algo está sucediendo, mientras tanto. El nuevo claro del ser suena a chino”, afirma y nunca mejor dicho, por cierto.

Pandemia, ultraderecha y crisis ¿vanguardias artísticas?

Pocos artistas plasman tan bien el desaste como Goya, como los murcielágos del grabado ‘El sueño de la razón produce monstruos’, que para Campón se ha convertido en el repositorio real del COVID-19.
Ahora pensamos que “nuestros pulmones eran neumáticos independientes. Ahora la economía, como los pulmones y los globos, se han desinflado”. Por eso, el doctor en historia del arte vaticina que “lo vanguardista sea una mayor apreciación de lo minúsculo, modos de representación más cercanos a una ciencia alternativa y proposiciones de un nuevo habitar el espacio. Una gran tensión en nosotros mismos como seres metamórficos”.

Por otra parte, si hay un elemento representativo, entre otros, de las vanguardas ese es la máscara de gas, que irrumpe con más fuerza que nunca en nuestra realidad cotidiana, a pesar de ser de elegantes telas para que sea más cofortable y quizá, también más invisible. “Vivir es querer estar fuera de la zona de peligro”, apunta. Por tanto, “una catástrofe, como sucedió en la primera guerra mundial a través de los ataques atmoterroristas, ha vuelto explícitas, una vez más, las condiciones necesarias para la vida”. Es inevitable pensar en los grabados de Otto Dix porque “son la creación de un interior para la vida, frente a un interior para la muerte. En este sentido, el corto de Olga Alamán actualiza el adelgazamiento del mundo a través de un interior mínimo para la vida convertido en un motivo de alegría”.

Un mundo en croma. Un mundo tropical

“Hay una frase de Rirkrit Tiranaviya: “El futuro será croma” y otra frase de Dominique Gonzalez-Foerster: “El futuro será tropical”. Quizá, el futuro sea una mezcla de ambos: “una exposición de aire saludable y de aire insalubre. Y desde luego, una canción: “coronabonos, os recibimos con alegría / Olé mi madre / olé mi suegra y olé mi tía”.

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