Mucho, mucho protocolo. Carmen Heras.

Desde mi ventana
Carmen Heras

Supongo que lo desconocido puede asustar un poco. Los cargos, electos o designados, suelen contemplarse por el contribuyente con una mezcla de curiosidad, envidia y recelo. El poder es un bicho peligroso que muerde al que se acerca.
 Me preguntan sobre mi situación actual, confrontándola con la de la etapa anterior: “¿cuando ha estado más cómoda, antes o en este momento?”, y cuando contesto que ahora, me dicen: “claro, claro, anda ya, que se encarguen otros”, como si la gestión política fuera hierro ardiendo y no estar obligado a hacerla, el paraíso.

Así, perdónenme ustedes, no hay manera de rentabilizar los muchos años de democracia. Ni la cacareada corresponsabilidad entre gobierno y gobernados, ni los derechos y deberes correlativos, esa idea común de qué es el pueblo el que manda, cuando elige a sus representantes.

El protocolo es algo muy curioso. Nadie cree en él, en pleno siglo XXI, pero sigue existiendo y evita muchos dolores de cabeza

“Que lo hagan otros”, decimos. Que “lo inventen”. A mis amigos no le gusta que yo use la frase “gente de a pie” para designar al españolito normal que se dedica a lo suyo y no se mete en “berenjenales” ¿Por qué “de a pie”? A pie vamos todos, sin excepción. ¿O no? Solo los reyes van en carruaje. O eso parece dictar el protocolo.

El protocolo es algo muy curioso. Nadie cree en él, en pleno siglo XXI, pero sigue existiendo y evita muchos dolores de cabeza a los organizadores de los actos oficiales. El protocolo señala, de mayor a menor puesto, quien entra primero en los sitios, o quien habla el último. Y hasta quien recibe a la máxima jerarquía, acercándose a la puerta entreabierta del coche donde viaja.

Hay personas que “matan” por el protocolo, que discuten las posiciones, las horas de llegada para no esperar y sí ser esperados en un acto público, aunque sea un mero partido de fútbol o baloncesto. Suceden cosas curiosas, como inventarse una representación de alguien superior en la estructura del mando para así ser el último (el importante) al hacer el paseíllo ritual.

Cuando se pierde el poder, se pierde también el protocolo y hasta la “consideración” práctica de quien organiza todo protocolariamente. Al fin y al cabo es sabido el dicho de que ningún señor lo es para su mayordomo pues este lo conoce en calzoncillos. Igual ocurre aquí; en el protocolo aparecen las personas como figuras de un juego de mesa, peones que se mueven por el tablero, ahora negros, luego blancos, damas, reyes y alfiles en pelotón. Y así.

Quien interpreta y marca el protocolo tiene el poder de colocar a unos u otros en las ceremonias. Mucha “fuerza” de la que adquieren todos ellos depende del peso de las imágenes que el pueblo consume. Nada más hay que fijarse en cómo cuida la iglesia- institución, los ritos, las vestimentas y los ritmos. Pura escenificación de poder. Que funciona. El otro día tuve un sueño sobre las colocaciones reales de unos y otros en el espacio sideral. En qué estaría pensando yo…

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