Humo y viento. Felipe Fernández

c.q.d.
Felipe Fernández

En esta España que nos ha tocado vivir -siempre dividida por la mitad, siempre dispuesta a partirse la cara por pensar diferente- el lenguaje político campa a sus anchas. Si es cierta esa afirmación que sostiene que un hombre (o mujer, que no está la cosa para bromas) de éxito es, simplemente, el que ha encontrado la manera de disimular sus complejos, nuestro bendito país presenta todo un catálogo de especímenes seguros de sus posibilidades. Así, cantantes que se rectifican a sí mismos, actores que insultan aquí, aunque residan en Hollywood, tertulianos varios y escribidores ideológicamente tuertos han decidido marcar el camino de la opinión pública, dictándonos a todos lo que está bien y lo que está mal. Las opiniones más seguidas por el común ya no pertenecen a personas que destaquen por su inteligencia, su formación, su cultura o su equilibrio. En el momento presente, los medios de comunicación y las redes sociales se utilizan descaradamente para deslizar ideologías

Los medios de comunicación y las redes sociales se utilizan descaradamente para deslizar ideologías

demagógicamente aceptadas, fuertemente excluyentes, pero impregnadas de un populismo facilón e irreverente. De esta manera, se pretende compensar firmezas de pensamiento tan ligeras como interesadas, tan construidas para el consumo rápido, como si los principios fueran conceptos temporales al servicio de la victoria momentánea. En ese escenario, me confieso inseguro, dubitativo, dispuesto a cambiar de opinión en una confrontación de ideas honrada y cabal. Y ello, sin dejar de admirar y sentir cierta envidia hacia ese tipo de secta-grupo capaz de mirar en una sola dirección, con un solo color, con un buen embudo. Por eso, en momentos de debilidad, cuando tengamos la tentación de creer lo que nos cuenten, es decir, cuando nos inunden con todas esas banalidades del bien común, la patria histórica y demás gilipolleces acometidas por nuestro bien y solo por nuestro bien, es cuando más exigentes debemos mostrarnos, más descreídos, más escépticos. Solo así podremos transitar por estos tiempos de hechos que no necesitan ser explicados y de sucesos que… aunque sean explicados. Tenía razón Orwell cuando dijo que “… el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y dar apariencia de solidez a lo que es puro viento”, claro que tenía razón. No era la falta de información lo que nos mantenía en perpetuo estado de estupidez, no era eso, no era eso. Antes de diluirnos en el grupo, solo nosotros, uno por uno, tenemos el albedrío y la potestad necesarias para determinar lo que es viento, lo que es humo y lo que no lo es.

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