Cambio climático

c.q.d.
Felipe Fernández

Que un reto tan importante como el del clima sea objeto de tanta frivolidad es para preocuparse; que una niña que debería estar escolarizada (¿dónde están los organismos encargados de la defensa de los derechos del niño?) y tratada psicológicamente –otro juguete roto- se convierta en un icono como si de una estrella del pop se tratara es para reflexionar muy seriamente. Como con tantos otros problemas de nuestra vida cotidiana, el cambio climático se ha convertido en un objeto de usar y arrojar al contrario, en una mera pelea de gallitos en la que los insultos, los prejuicios y las banalidades asoman sus reaños por encima de argumentos coherentes e incluso académicos Así, de un lado, hay quien hace bandera de este asunto solo por motivos ideológicos –progresistas, naturalmente- y terriblemente sectarios, esto es, porque hay determinados aspectos de la vida cotidiana que les pertenecen a ellos y solo a ellos: educación, clima, derechos civiles y tantos otros que solo pueden ser abordados con esa sensibilidad –progresista, naturalmente- tan

El viejo continente se lo ha tomado en serio, lo que supone una razonable esperanza

especial, tan de la gente. Y, de otro lado, quizá como reacción a tanto progresismo barato, quizá por el mero hecho de oponerse, los negacionistas, a los que los árboles de la irritación les impiden ver el bosque, o sea, los que consideran que la vida se desarrolla a base de confabulaciones “giliprogres”. Pero lo cierto y verdad es que, “au dessus de la mêlée”, hay un proceso innegable de modificación del clima, de los patrones que lo componen y que, más allá de numeritos más o menos folclóricos, gilipolleces varias y sectarismos maniqueos, tenemos el deber y la obligación de ofrecer una respuesta sensata y posible. Los milagros no existen y los equilibrios entre las legítimas aspiraciones de algunos países por mejorar su estado de bienestar y la reducción, por otra parte, de los niveles que, poco a poco, nos asfixian –literalmente- deben ser meditados, consensuados y alejados de cualquier tentación dogmática y sectaria. Por eso, no se entiende toda esta parafernalia mediática y periodística, cuyo recorrido por los problemas candentes dura lo que dura el interés publicitario. Afortunadamente, como en tantas otras cuestiones, el viejo continente se lo ha tomado en serio, lo que supone una razonable esperanza de que, paso a paso, por encima de trumpes, putines y jinpines, iremos avanzando. Ojalá, nos jugamos mucho. Y nuestros hijos, mucho más.

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