Al cole. Felipe Fernández

c.q.d.
Felipe Fernández

De paseo por nuestra pequeña y coqueta ciudad me paro en una papelería del centro. Miro a través del cristal: cuadernos, plastilina, rotuladores, lápices de colores, sacapuntas, gomas de borrar; utensilios de toda la vida y pocas señales de nuevas tecnologías. De pie, frente al escaparate, mientras repaso con la mirada el material expuesto, me dejo llevar por los recuerdos. Revivo como si fuera hoy mismo esos comienzos de curso en el piso de Joaquín Alcalde, recopilando el material perdido y olvidado durante las vacaciones. Sonrío al acordarme de las durísimas negociaciones con mi madre para disfrutar de una cartera nueva y no de la heredada de mi hermano mayor. Recuerdo con extraordinaria precisión el olor de los materiales y el tacto del cuero nuevo cuando las negociaciones llegaban a buen puerto. Veo delante de mis ojos el emocionante, único, irrepetible ritual de llenar la cartera nueva poco a poco, con mimo, examinando una y otra vez su contenido, como si de ese momento dependiera el éxito del curso. Me veo saliendo de casa con la cartera en la mano, los pantalones cortos, los calcetines por debajo de la rodilla, las sandalias abiertas, el bocadillo a buen recaudo y la expectación descontrolada. Para cuando llego a la puerta del

Apelotonados en la entrada decimos tonterías, bromas absurdas, apenas saludos con gestos para disfrazar los nervios

cole, ya hemos ido juntándonos unos y otros, arracimados, protegiéndonos de lo que está por venir. Apelotonados en la entrada decimos tonterías, bromas absurdas, apenas saludos con gestos para disfrazar los nervios. La entrada en el aula a la búsqueda de un buen sitio es desordenada, casi a empujones, pero nuestro Maestro sonríe, consciente de nuestra edad y del momento. La lectura en voz alta de nuestros nombres con el consiguiente cambio de silla nos tranquiliza: otro episodio superado. A medida que se detallan los propósitos del nuevo curso, mezclados con severas advertencias acerca del comportamiento, procuramos adaptarnos al nuevo compañero, mirando primero de reojo, haciendo firme promesa después de considerarlo por encima de la inicial de su apellido. Luego, en el patio, nos acercamos con respeto a los mayores y nos alejamos altivamente de los pequeños mientras damos buena cuenta del bocadillo; hemos decidido dejar los juegos para próximos días. La vuelta a casa ya es casi rutina, olvidados los nervios en la clase y apretados por el hambre del mediodía. Tiempo para comer, para contar y para preparar el regreso en el turno de tarde. Pronto llegará el otoño.

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