Menores y alcohol. Felipe Fernández.

c.q.d.
Felipe Fernández

Tenemos un problema. Y muy grave. El consumo de alcohol entre adolescentes se ha extendido de manera preocupante. Fines de semana e incluso a diario en vacaciones son testigo de ello. Parques, olivares y cuartillos lo conocen de primera mano. En realidad, todos lo sabemos, pero hemos adoptado una inexplicable ausencia de decisiones. Las posturas se mueven entre “mi hijo no”, “nosotros también lo hacíamos” y “no tienen alternativas”. La verdad es que ahora tienen más alternativas que nunca, entre otras cosas porque los adelantos tecnológicos así lo facilitan; lo cierto es que sabemos muy poco de lo que hacen nuestros hijos cuando salen por las noches, a lo peor para no encontrarnos con lo que no queremos y, por otra parte, si lo hicimos, aunque fuera con edades superiores, ya es suficiente argumento para no verlo repetido. Tenemos un problema. Y luchamos contra molinos de viento, esto es, contra el inexistente control en la venta de alcohol;

El alcohol está en el centro de muchos de los sucesos que están ocurriendo

contra la facilidad con la que los menores beben, alcohol, en lugares públicos –otra vez parques, olivares y cuartillos- sin ningún control policial; contra el extensísimo catálogo de tiendas, tiendecillas, quioscos y gasolineras en los que es posible adquirir, alcohol, con poco o ningún impedimento y, finalmente, y esto es lo más preocupante, contra la escasísima falta de respuesta en la sociedad. Lo sabemos muy bien en los centros escolares. Es verdad que acompañar a los alumnos en excursiones en las que se pernocta fuera de casa siempre ha sido heroico, además de poco o nada reconocido. Pues bien, a todos los peligros inherentes a una actividad con esas características –haberlos “haylos”, el que lo probó lo sabe- tenemos que añadir la cada vez más extendida costumbre de buscar, comprar y consumir alcohol entre los estudiantes, incluso en visitas a países en los que esa compra no es tan asequible. Tenemos un problema. El alcohol está en el centro de muchos de los sucesos que están ocurriendo con y entre los adolescentes, también en nuestra pequeña y coqueta ciudad; solo hay que abrir los ojos y leer los periódicos para caer en la cuenta. Como siempre, hay dos maneras de afrontarlo, podemos agachar la cabeza a la espera de tener suerte y que no me toque, o podemos empezar a tomar las medidas necesarias para evitarlo. Solo si trabajamos juntos familias, docentes y autoridades tendremos alguna posibilidad de éxito. Se lo debemos a nuestros hijos y a nuestros estudiantes. Tienen derecho a tener una adolescencia exenta de peligros inmerecidos.

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