Había una vez. Felipe Fernández

c.q.p.
Felipe Fernández

A pesar de que en su momento nos acusaron de casi todo, el tiempo nos ha dado la razón: los efectos perniciosos de la LOGSE comienzan a ser palpables. Ya teníamos señales evidentes –excepto para los ciegos que no querían verlo- relacionadas con determinados índices culturales y con las preferencias televisivas del común, desafortunadamente inclinadas hacia el “marujeo” en su versión más vulgar posible. Que un tal Jorge Javier sea tenido por un referente, incluso cultural, es francamente decepcionante, además de profundamente inexacto. Para los que todavía mantenían algunas dudas al respecto, el espectáculo ofrecido por sus señorías en la apertura de la legislatura debe haber sido un mazazo definitivo. Todos estamos preparados para sufrir los avatares cotidianos, de eso se trata, pero observar “in situ”, delante de tus ojos, un espectáculo de esas características, es muy difícil de digerir. Y, además, todos somos responsables; no vale echar balones fuera; no vale repetir “te lo dije”. Por cierto, esto no ha hecho más que empezar. La chabacanería, la vulgaridad, la falta de respeto a los principios más elementales, la exhibición arrogante y consciente de la propia ignorancia serán el principal argumento de los próximos tiempos. Preparémonos para una astracanada constante en la que la discusión se base, por supuesto, en demostrar “quién la tiene más grande”, razón última de la cualificación de muchos de nuestros estimables representantes. Hay razones para ser muy

Cuesta creer que nadie medianamente sensato se sienta bien en este circo

pesimistas. Cuando la bravuconería y la añagaza se imponen a la razón y a la sensatez -y eso tiene mucho que ver con el nivel de formación de un pueblo- las luces pasan de naranjas a rojas, con lo que es muy probable que se vayan acabando las oportunidades. Si fuéramos capaces de soltar por una vez los condicionantes ideológicos y darnos cuenta de que se trata de una cuestión transversal, sin perjuicio de las preferencias políticas, daríamos un pasito adelante; si por un momento aparcáramos ese sectarismo ramplón y paralizante que todo lo invade, el camino se vería más despejado. Cuesta creer que nadie medianamente sensato se sienta bien en este circo. Ni siquiera los que han hecho todo lo posible por favorecerlo, viendo cómo se les ha ido de las manos. Pero no nos engañemos, si es verdad que el Parlamento recoge la voluntad soberana y es un reflejo de nuestra sociedad, debemos empezar por aceptarlo; es la única manera de empezar a combatirlo. Aunque puestos a elegir, yo hubiera preferido a Gaby, Fofó y Miliki; cantaban bien, nos hacían reír y no engañaban a nadie.

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