El fracasado. José A. Secas

Historias de Plutón
José A. Secas

Tal era su deficiente consciencia que se volvió a sorprender a sí mismo como un niño que descubre su sombra. Creía que a su edad, ya se conocía lo suficiente como para saber lo que quería (o no) y conocer lo que le gustaba (o tampoco) o le hacía bien (o mal) pero su facilidad para mostrarse, si no incoherente, sí profundamente contradictorio, le hacía recapacitar sobre las limitaciones que tenía -tenemos- para sobreponerse a ciertas adversidades de su -puta- vida. Esto amargaba su carácter tanto como demacraba su cara.

Se jactaba de que nada le quitaba el sueño. Es cierto; era un gran dormilón pero hasta que desconectaba y superaba la vigilia, algunos pensamientos recurrentes, obsesiones y empecinamientos absurdos en solucionar problemas a base de voltearlos y achucharlos, como masa de pan en proceso, le corroían el alma y hacían que su existir se deshojara, se enterrara o se diluyera… Ponía mucha energía en buscar, sin hilo que le guiara, la salida a laberintos mentales y era presa del miedo a minotauros generados desde su incapacidad para dominar la situación. Tropezaba y se trastrabillaba en su camino hacia una paz que se le negaba, por seguir amarrado a las esclavitudes a las que su personalidad le tenía condenado y contra las cuales se sentía incapaz de combatir.

Sentía plenitud cuando desarrollaba su imaginación o su creatividad. Las otras facultades que ostentaba su razón, le resultaban inútiles a la hora de enfrentar ciertos problemas de la existencia. A veces, cuando estaba distraído o generando arte o proyectos desde el entusiasmo, la alegría o la esperanza (por ejemplo), su optimismo inconsciente le permitía superar las debilidades de su ser, mas cuando el desánimo anidaba en su alma turbia y cansada, sucumbía ante el poder del miedo que se enrocaba y taladraba su presente como una tuneladora.

Sentía plenitud cuando desarrollaba su imaginación o su creatividad

En esas épocas de zozobra, se desesperaba y se rendía. Se sumía en las profundas y oscuras aguas de su pozo interior; y se ahogaba. Era tan básico y primitivo que el instinto de supervivencia, traducido en pereza, hastío y cansancio, hacía que pasara página sin haber extraído lecciones y ganado en sabiduría. Abordaba el siguiente asunto con temor y sintiéndose expuesto a una recaída inevitable. Mantenía un sentimiento de soledad y fracaso que dañaba su alma y trastocaba su vulnerable espíritu.

Con una indulgencia cobarde y carente de voluntad, perdonaba sus debilidades para no echarse a morir y ocultaba su vergüenza en palabras y justificaciones que buscaban la redención de un fracaso tras otro. Por fin, por enésima vez, decidió dejar que se agotara el asco y el dolor que rezumaba y exhalaba para esperar a ver si liberaba su existencia, dejando que pasaran las cosas -sin más- y poniendo en manos del devenir esa pobre vida suya, de la cual no se sentía dueño.

Nota: si lo hubiese escrito en primera persona, sé que te hubieses asustado. No te apures; esto es literatura: de esa que refleja por boca de terceros las emociones y sensaciones de quienes observamos y sentimos la vida.

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