Deportes de la edad. Enrique Silveira

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

No practicamos el golf, a pesar de esas impolutas explanadas verdes, los medidos esfuerzos que buscan la precisión milimétrica, la educada alternancia que se produce sin prisas mientras se comenta la excelencia del golpe ajeno. Se avanza con parsimonia y se disfruta de la naturaleza al tiempo que surge una amable polémica sobre cuál de los palos de noble aleación es el idóneo para la siguiente maniobra y, por fin, el intercambio de opiniones en la barra del bar que en estos entornos siempre se llama casa-club.

Tampoco el surf, con sus equilibrios imposibles, rubicundas melenas y ceñidos neoprenos que resaltan la esbeltez de los que no temen al proceloso océano. Y no es que no visitemos la playa alguna vez, solo que las actividades – paseo por la orilla, atracón de sol y, por supuesto, visita al chiringuito – no pueden contabilizarse como hechos heroicos que sirvan para impresionar a tus descendientes en los relatos de la vejez.

No somos mejores que otros, pero sin glamour ni elegancia lo pasamos bien

Mucho menos nos ha dado por deportes tan ajenos a nuestro entorno que no encontraríamos, aun rebuscando, a alguien que nos explicara los entresijos de la actividad, como el críquet, el yoga o el tai chi, que requieren una solemnidad y un hieratismo incompatibles con nuestra fogosa manera de entregarnos al cometido y que además exige tomar el té o similar a su término, razón esta inaceptable (nada está a la altura de una buena cerveza tras el esfuerzo). Compartimos la herramienta con el tenis, pero no sus gestos refinados, sus saques liftados, el revés a dos manos o la exquisita volea cortada que busca la línea de fondo. Ya lo habéis adivinado: jugamos al frontenis. Los domingos, ni tarde ni temprano, quedamos para quemar calorías, arrinconar berrinches y mitigar frustraciones. No está nuestro deporte entre los más glamurosos de los que pueblan la larga lista de actividades que sirven para evitar la superpoblación de lorzas y la dictadura de los nervios; no alardeamos de su práctica, no presumimos de habernos encaramado al tren de la actividad de moda, no invertimos jugosas cantidades en los aditamentos necesarios para el juego, no cambiamos de compañero ni de rival -cuesta un mundo encontrar a alguien para ocupar los huecos- ni siquiera nos preocupamos por reservar la pista porque no existe un desmedido interés por usar ese espacio.

Sin embargo, las excelencias de esta ocupación son muchas y variadas. En la mayor parte de los lances, golpeas la bola con esa intensidad que provoca la liberación de las inquietudes de la semana, sin continencia, con la certeza de que la imponente enemiga devolverá el envío si el error no es de bulto. No, no es que los tantos obtenidos por medio de un toque sutil no sean merecedores de alabanza, pero si lo anotas tras atizarle a la pared y la pelota vuela hasta el final de la pista, mucho mejor. Además no es el frontenis incompatible con las piernas cansadas de la madurez; correr se corre pero los requerimientos son llevaderos y adaptables a la mayoría de edad, y esta es una prebenda que no se puede obviar si no deseas visitar el hospital más de la cuenta. Pero lo mejor es que la cháchara resulta acomodable a la partida y no dejamos de hablar en ningún momento, con lo que nuestra relaciones mejoran tras cada encuentro. No se puede decir que la victoria no invite a la sorna, pero no produce desavenencias como en otros deportes; tampoco las lesiones aparecen por norma (algún pelotazo sí). No somos mejores que otros, pero sin glamour ni elegancia lo pasamos bien. Y que no falte.

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