Con el corazón en la mano. José A. Secas.

Historias de Plutón
José A. Secas

Su terapeuta le dijo, tras su penúltima recaída, que no escribiera canciones y poesías porque tendía a regodearse y a reproducir los cataclismos en sus devaneos o el dolor de sus rupturas sentimentales, convirtiéndose en una persona despechada y naufrago del desamor que redunda en sus abismos y trata de encontrar, erróneamente, la salvación en la creatividad literaria y musical. Quizá, su terapeuta, debió mencionar también la prosa, porque escribía a menudo “micro-terapias”, que se recetaba y aplicaba, para guardar en un cajón o para desvelarlas en sus colaboraciones en diarios y semanarios (como este).

Esos -ocasionalmente; menos mal- desgarros del alma, lamidas de heridas propias, confesiones descarnadas y aperturas de corazón, le mantenían agitado en un presente turbulento, que le dolía y que, contradictoriamente, trataba de alejar de sí. Reflexionaba, tomaba consciencia, analizaba o, simplemente creaba o recreaba situaciones, daba su opinión, mandaba recados, pontificaba, desbarraba o contaba sus películas; da igual: se expresaba. Entre sus posibilidades se encontraba el utilizar estos escritos no solo como desahogo; sino también, como reclamo y llamada de atención, como señuelo, como decidida huella y testimonio, como susurro a un oído…

Esos escritos dejaban entrever mensajes dirigidos cuando se sabía leer entre líneas

Tenía la suerte de poder expresarse por escrito pero sus palabras no eran más que el sudor que transpiraba. También lágrimas y sangre. Sí, sabía que sus devaneos literarios quedaban impresos y no se los llevaría el viento, pero difícilmente habrían de servir para algo más que para distraer a un lector casual o circunstancial (como tú) o para engordar el cuaderno de notas. No pretendía tampoco algo mucho más ambicioso (para eso, podría escribir un libro o grabar un disco) pero, qué duda cabe, todo lo que dejaba escrito tenía un motivo y, quizás, una intención.

Al final llegaba donde quería estar o donde le llevaba la desesperación. Desembocaba en la conclusión de un texto (cualquiera; uno como este) que, normalmente, ofrecía confusas explicaciones de sus inquietudes y ponía de manifiesto las debilidades del creativo atormentado -demasiado para él- que no sabe cómo justificar su deriva. Esos escritos dejaban entrever mensajes dirigidos cuando se sabía leer entre líneas pero, la mayoría de las veces, ponían de manifiesto que no estaba curado de sus pertinaces males de amores y aportaban argumentos para continuar la terapia. Definitivamente no debía escribir con el corazón en la mano. Nada.

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