c.q.d.
Felipe Fernández

Como si de un “Alien” se tratara, mi hija pequeña ha sido engullida por otra persona. Las hormonas y los procesos químicos propios de esa enfermedad llamada adolescencia han generado un nuevo ser, cuyas intenciones –buenas o malas- actos, gestos y comportamiento aún están por dilucidar. Acostumbrados al envoltorio, cuesta asimilar que debajo todo ha cambiado; engañados por la apariencia y por el orden anatómico que permanece inalterado, nos cuesta aceptar que el orden espiritual es otro, diferente, acaso contradictorio, en ocasiones convulso. De la noche a la mañana, los besos, las caricias y los mimos se han convertido en discusiones, reivindicaciones varias y un hablar atropellado imposible de comprender, aunque le prestes toda tu atención; cuando estás meditando la primera queja, ya ha introducido las tres siguientes. Atrapados en un bucle melancólico sin solución posible –la niña que estaba allí no volverá- intentamos adaptarnos a la nueva situación sin el tiempo material para lograrlo porque no hay tregua. A diario es un poco más llevadero, las clases matinales, el trabajo escolar y las actividades vespertinas ocupan

Cuando llega el fin de semana las aguas se revuelven con increíble facilidad

casi todo su tiempo. Así y todo, todavía queda espacio para la reivindicación gastronómica, verdadero caballo de batalla en buena parte de esta generación tan influida por los mensajes externos y la publicidad electrónica. Pero cuando llega el fin de semana (en adelante “finde”) las aguas se revuelven con increíble facilidad. Ahora aparecen todas las ¿negociaciones?, exigencias, chantajes y extorsiones emocionales posibles con tal de lograr el objetivo perseguido, que no es otro que regresar tarde –o muy tarde- a casa. Los argumentos son universales: “a los demás sí les dejan” (sus padres, por lo tanto, son mucho mejores, más tolerantes, más comprensivos); “no confiáis en mí” (a pesar de que soy responsable, estudio, y cumplo mi trabajo); “qué tontería, si quiero hacer algo “malo” (sic) puedo hacerlo a cualquier hora del día” Y así, una intensa retahíla argumental que se enumera atropellada, pero contundente, y cuya negativa produce un desgaste inacabable y agotador. Dicen que ya no nos acordamos, pero que nosotros también sufrimos esa enfermedad en su momento. Es el lugar entonces, aprovechando la fragilidad de la memoria, de reivindicar una vez más el papel de nuestros padres. Porque, aunque nos parezca increíble ahora, lo soportaron todo a dolor, sin la ayuda impagable de tantas distracciones accesorias como ahora existen. Debe de ser por eso -y por todo lo demás- por lo que los añoramos tanto.

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