Futuro prometedor. Enrique Silveira

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Entre los principales empeños de los padres se encuentran dos indisculpables: tus hijos deben recibir tal educación que les haga merecer el respeto de los que los rodean y, si es posible, han de vivir mejor de lo que tú lo has hecho – al menos igual si provienes de ilustre linaje-, tal como ha ocurrido en casi todos los relevos que atañen a tu árbol genealógico. Si no ocurre, se tiene la sensación de que has desmerecido la confianza depositada en ti por tus antecesores. El esfuerzo en transmitir valores respetables es incesante y, en cuanto al sostenimiento físico se refiere, y no solo aquellos considerados ricos, una buena parte de los jóvenes se está criando en un entorno de neveras repletas, rebosantes armarios confeccionados a medida, habitaciones individuales, estancias climatizadas, conexión a internet, dispositivos que dos décadas atrás eran inimaginables y que evitan la aparición del temido aburrimiento, cómodos desplazamientos, vacaciones de temporada, actividades extraescolares…, más los beneficios que ofrece una sociedad del primer mundo que podrá mejorarse, pero que otorga una tranquilidad que en otros lares sería impensable. Es decir, todas las ventajas que sus entregados padres puedan ofrecerles porque pocas cosas aportan tanta felicidad como ver a los retoños con sus necesidades bien cubiertas, sobre todo si observas que su vida es bastante más placentera que lo fue la tuya a su edad, a pesar de que en absoluto estuvieras instalado entre los desfavorecidos de la sociedad.

Gusta ver cómo crecen tus hijos cerca de ti, pero no tanto que envejezcan a tu lado

Conseguido el objetivo inicial, convertir la infancia y la adolescencia en una especie de Edén donde nada falta, se presentan inquietudes que consiguen alejar el sosiego. La peor de ellas: proporcionar la formación necesaria que augure un buen futuro profesional para que tus descendientes se erijan en participantes honorables de la comunidad venidera. Si exploras un poco, te encuentras con una sociedad que ofrece un panorama desalentador: la llegada de los que huyen de las guerras y la miseria en busca de una merecida estabilidad, las crisis económicas que acechan sin descanso, multinacionales que solo piensan en incrementar sus dividendos mientras olvidan la dignidad de sus empleados, trabajadores avezados que no encuentran acomodo en el mundo laboral y penosos políticos diestros en promesas pero incapaces de encontrar soluciones. Caer en la pesadumbre es fácil y también sospechar que no estarás a la altura de los predecesores. Se puede alegar que nuestros abuelos y padres son herederos de aquella atormentada generación que nació al albur de una república repleta de buenas razones, pero abrumada y sin fortuna, que creció después de una guerra terrible que todavía hoy se recuerda, que maduró en la sociedad de los vencedores y los vencidos entre ausencias y rencores, que conoció el hambre, el odio, la venganza y el miedo. Mejorar esas condiciones de vida se presentaba como empresa fácil, pero tampoco les animaría mucho empezar con el más absoluto de los cataclismos como referencia y con los recursos que ahora se consideran indispensables mutilados. Sin embargo, es perfectamente legítimo que consideren realizada su misión, se sientan orgullosos por haber cumplido con sus responsabilidades y reciban tanto agradecimiento como respeto.

Nos toca y habrá que buscar soluciones, que gusta ver cómo crecen tus hijos cerca de ti, pero no tanto que envejezcan a tu lado porque no han conquistado un techo propio que los cobije.

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