Desde mi ventana
Carmen Heras
Resultó un poco molesto lo de aquella vez, en la que presidiendo yo un acto al que había sido invitada, oí decir a una de las organizadoras, en conversación queda con quien era mi oponente entonces, lo poco que me quedaba de estar en mi puesto y la importancia de que mi adversaria fuera a ostentarlo (restaban dos o tres meses para las elecciones). Yo no había hablado nunca con ella, ni nos conocíamos, por lo que su apreciación sobre mi debió ser de oídas, categórica y “bien informada”.
Recordé la anécdota al ver a la chica, ayer, en una foto de uno de esos actos que suceden en Cáceres en primavera. Nunca pregunté su nombre, pero ahí sigue en otros menesteres, con la misma figura, con la ropa más corta e idéntica expresión ante la cámara.
Alguien muy querido me recomendó hace mucho usar la indulgencia con algunas actitudes bastante comunes en lugares donde el servilismo tuvo su razón de ser durante siglos: “es difícil levantar la cabeza (me dijo) si precisas de un amo para subsistir, y eso impregna no solo a quienes lo hacen, sino incluso a las siguientes generaciones que han recibido, de mil formas posibles, la instrucción genética de que ante un jefe hay que estar inclinados”. Sea quien sea quien ostente el poder (añado yo), a derechas o a izquierdas. Lo cual no deja de curioso, en un momento en el que los nuevos protagonistas de la escena pública han decidido que todo lo anterior a ellos no tiene verdadera importancia, que los líderes no pueden superar los 50 años y que carecer de experiencia es meritorio.
Y luego vence la escenografía. En otras épocas siempre se consideró cateto presumir de ejecutar los deberes básicos reseñables, porque ello iba de suyo y “entraba en el sueldo”, pero ahora cualquier nimiedad resulta digna de ser visible y fotografiada. Los roles antiguos de jerarquía se han disuelto bajo el esquema torticero de la “igualdad” y una enorme grieta intergeneracional amenaza con romper el circuito por el que todos transitamos.
Frustrante es, por tanto, tropezar, en una libreta vieja, con unas hipotéticas listas de personas para cubrir unas determinadas candidaturas, de cuando había una cierta selección para optar a un cargo político, apoyada en los méritos personales.
No es el caso más corriente ahora. Y aunque hacer una selección implica proponer unos nombres y excluir otros, arriesgándote a que los excluidos planteen una batalla, que duda cabe que mantener un criterio, adecuado al servicio que luego puede prestarse, debiera ser el objetivo número uno de cualquier elección atinada. Para no cometer fraude con los electores.
Pero, por el contrario, priman hoy criterios internos de estabilidad o lealtad en los partidos, mejores intérpretes de su propia realidad interior que de la realidad sociológica de sus entornos. Como las siglas lo tapan todo, demasiadas veces cubren también la ineficiencia de algunos o muchos de sus miembros, claras y diáfanas para quienes tienen que votar y que, por ello mismo, se abstienen. O votan a organizaciones opuestas para contrarrestarlos. La desafección política empieza ahí. Y una vez que comienza es difícil la vuelta atrás.


























