La amistad y la palabra
Enrique Silveira

No todos los ultrajes a las palabras provienen del mundo de la política. Es cierto que los que a ella se dedican usan ese recurso con mucha frecuencia y con la evidente intención de o marcar distancias con los rivales o iniciar una senda diferente en la que poder distinguirse tanto de afines como de contrarios y así aparentar novedad, aunque la esencia de la oferta tenga parecido pelaje pero con nombres diferentes. En ocasiones, las palabras pierden su significado sólo para una parte de los hablantes, mientras que otros las usan con naturalidad y hasta las convierten en estandarte por diferentes factores y esa es una contingencia que se debe tener en cuenta .

Patria es una de las más zarandeadas en la historia de nuestro idioma. Proviene del latín, relativo al padre, y de la expresión terra patria, la tierra de nuestros padres, por lo que nos allega a lo más difícil de destruir en nuestro devenir por el mundo: la familia. Desde el nacimiento nos sentimos particularmente conectados con nuestros seres más próximos y, al mismo tiempo, con el lugar en el que se ha desarrollado nuestra existencia en íntima convivencia con ellos, nuestra patria chica. El elemento fundamental de esta unión irrebatible es la consanguinidad; compartir genes, aunque la sangre no sea del mismo tipo, nos enraiza de manera definitiva y se erige como la fórmula de conexión más sólida e imperturbable, capaz de soportar terremotos que derruirían sin contemplaciones otras relaciones – las de pareja, las amistosas, las de vecindad…-, por robustas que parezcan.

Uno de los lugares comunes más utilizados en el discurso es la alusión a los vínculos familiares.

Citarlos cuando se pretende emocionar a la concurrencia, cuando quieres establecer un lazo tan rápido como efectivo, se utiliza como recurso en la oratoria desde hace tanto tiempo que resulta imposible determinar quién fue el primero en usarlo. El recorrido se observa con facilidad a través de un silogismo: la familia invita a la solidaridad, la patria es la extensión de la familia, luego la patria requiere la misma solidaridad que la familia.

La patria así expuesta se nos presenta como instrumento conmovedor y te invita – casi te obliga – a pensar solidariamente, extendiendo los intereses propios, con una visión del entorno que requiere levantar la mirada en busca de un horizonte del que no apreciamos la frontera. La extensión de la patria, trasladar sus límites mucho más allá de donde jugabas de niño, más allá de los lugares a los que puedes ir andando, añadiendo ubicaciones desconocidas con las que pocos son los rasgos compartidos, ha sido el primer zarandeo experimentado por la palabra patria, porque en demasiadas ocasiones nos lleva a exigencias que no son tan sencillas de entender como la protección de tu entorno más próximo.

Y como ejemplo solo hace falta ponerse en el pellejo de los que tuvieron que defender las posesiones de ultramar de los diferentes imperios, por eso de que eran una parte de la patria…con la que no teníamos absolutamente nada en común.

Otro de los zarandeos del término se da cuando denominamos patriotas exclusivamente a aquellos que coinciden con nuestra manera de pensar y de actuar y apartamos a los que no hacen seguidismo de nuestras convicciones. Es truco viejo, pero repetido de forma incansable para alienar a nuestros enemigos, que comparten nuestras señas de identidad, aunque no son de nuestro agrado. ¿Te suena, lector, que nos haya ocurrido no hace mucho? Se identifica al patriota solo si cumple con los requisitos pertinentes, que son muy discutibles; si no es así, no mereces tal calificativo.

Esta manipulación del término ha conseguido que muchos repudien todos sus derivados, designen a los que los usan como enemigos irreconciliables y para diferenciarse de ellos prefieran vocablos como País o Estado, sinónimos de tono jurídico sin la carga afectiva del que nos ocupa. Para gustos…

Ahora bien, el zarandeo más ignominioso de la palabra lo realizan los que la usan para empequeñecer su significado y desproveerla de su característica principal, la antes citada solidaridad. Muchos, cada vez más, utilizan patria para designar una realidad implosiva que genera rechazo sobre el que vive cerca de tus fronteras, el que no se ajusta a tus rígidos preceptos o el que viene de lejos para encontrar la prosperidad que la que no ha disfrutado en el lugar que le vio nacer.

En estos casos, la solidaridad solo se reparte entre aquellos que se ajustan a unos parámetros muy particulares y el trato que dedicas a tus familiares se va diluyendo hasta hacerse tan irreconocible que más bien se convierte en abierta animadversión. Sí lector, de patriotismo hemos llegado al patrioterismo…o nacionalismo, a gusto del consumidor.

Se extraña a la patria que generaba concordia y autoestima, la que no despreciaba a ninguno de sus componentes, la que servía como asidero y te proyectaba hacia un mundo mejor; se añora una patria acogedora y a la que puedas nombrar sin mirar a los lados; en definitiva, se echa de menos a nuestros padres.

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