Digamos que hablo de circuitos

Desde mi ventana
Carmen Heras

 

Dice la escritora que se emocionó. Cuando, a pesar de la mascarilla y sus gafas de cristal ahumado, la reconocieron. No es extraño. Que reconozcan a uno vale un Potosí, que es mucho valer. Y saberlo decir bonito, mucho más. Yo siempre he admirado a quien escribe bien y se expresa mejor. Es un regocijo para la razón, para la vista y para el oído, el aprehender el significado de cada palabra y la belleza de las frases. Esos símbolos que nos definen. De niños se nos insistía mucho en todo ello y hasta se premiaba a quien sobresalía. Había quien era muy bueno en la oratoria y había quien era espléndido en la concisión de la escritura, pues el formato del mejor Azorín molaba. Nada que ver con lo de ahora, donde se mezclan los anglicismos, las prisas y las faltas de ortografía. Y nadie (apenas) corrige lo que debe corregirse, todos acomplejados para no ser los “malos” de la película. PISA explica que los escolares españoles están perdiendo capacidad lectora.

No se por qué, pero leer a la escritora y venírseme a la cabeza la teoría de los circuitos todo ha sido uno. No me refiero concretamente a los circuitos de agua, ni a los eléctricos, ni nada parecido, sino a los que organizan las personas humanas (esto último es una redundancia -me dijo alguien una vez, con mucha razón-) para relacionarse. O encasillarse o someterse. O conseguir distinciones.

La teoría de los circuitos afirma que se forman para existir y permanecer. Me refiero a sus componentes. Y por si lo ignoran, les aseguro que suele ser creíble: participar en uno cualquiera de aquellos funciona. A veces cuesta un poco entrar a formar parte de los elegidos, pero si se logra, el resto llega por añadidura. Observen un poco, y luego díganme lo qué ven. Por todas partes hay circuitos, no solo de amigos, también de colegas, de sujetos con trayectorias similares y un mismo fin. A veces a todo esto se le llama corporativismo, aunque lo que yo aquí señalo sea en formato más pequeño. Con pocos socios. Hay circuitos en el mundo de las artes, como los hay en el de los negocios, o en el de la publicidad. Se imitan y organizan concursos y premios que siempre conceden a alguno del grupo que aumenta su “mochila” con el glorioso galardón. Que a su vez se autojustifica al ser otorgado. Hay circuitos en el mundo profesional, en el universitario, también en el político. Circuitos y asociaciones de “amigos de…” por todas partes. Con maestros y discípulos. O algo parecido. Pura subjetividad.

Ayer me preguntó un joven, qué puede hacerse para cambiar aquellas cosas que no van bien en el mundo de hoy y quienes podrían lograrlo. En el restaurante en el que cenábamos, y bajo la consigna del momento, un único camarero intranquilo intentaba desdoblarse para atender el negocio del que él es, sólo, un asalariado. No estaba comportándose como un buen profesional y la incomodidad se le notaba. “Los demás empleados están con un ERTE tan a gustito en sus casas y yo agobiado de trabajo…y encima no protestes” -se le escapó-. Y me quedé pensando…otra vez el circuito. Con dos caras. Aunque no sea fácil distinguir cuál es la principal y cuál su envés.

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