Enrique Silveira. Wasap.

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

¿Con un wasap?, ¿de verdad te atreves a dejarme sin tan siquiera una conversación digna? Los wasap se inventaron para evitar el compromiso, como refugio de los que han perdido el valor o tienen demasiada prisa, a modo de sucedáneo de las conversaciones gloriosas que nunca se olvidan, de las que dejan secuela, en definitiva, para huir o esconderse. Se construyen con unas pocas palabras ajenas a la mirada, huérfanas de gestos, asépticas, con tan poca vida que nacen moribundas. Aunque las leas varias veces, nunca producen satisfacción y por eso les hacen falta la infantil imaginería que no requieren las charlas colmadas de ingredientes. Y con ellas quieres liquidar trece años de convivencia tan íntima y profusa que apenas si surgen en la memoria momentos en los que ambos no fuéramos protagonistas. Estas comunicaciones son oportunas cuando no quieres implicarte, si las relaciones no van más allá de la superficie, para los acuerdos comerciales, pero resultan inadmisibles en las que has dejado una buena parte de tu alma.


Claro, los indicios de que nuestra relación languidecía eran tan obvios que no podían soslayarse. Era momento de utilizar tu famosa comparación entre las historias de amor y la vida de la pasta de dientes. Todo el mundo pretende obtener la mayor cantidad de dentífrico, retuerce el tubo hasta que consigue lo justo para limpiar su dentadura con los estertores del antiguo y se resiste a usar el que acaba de comprar que espera en uno de los cajones del baño. Con muchos amores ocurre lo mismo, antes de procurarte el sustituto agotas el que todavía conservas, el que has usado tantas veces que ya no recuerdas cómo era al principio, para luego desprenderte de él.


Es verdad que cuando empezamos nuestra relación recorríamos el camino sin prisas – casi levitando- por la felicidad que compartíamos y con el tiempo hemos acabado por aprender a nadar en el fango porque la felicidad se ha disipado de tal manera que apenas si recordamos cómo te hace sentir.


Mi celo por conservarla se convirtió en una suerte de enseña para asegurar tu placidez

No es menos cierto que las relaciones sentimentales no comparten características con las laborales o las financieras -aunque en demasiadas ocasiones nos empeñemos en que así es- y por ello no se puede exigir que una vez extinguido el amor se apliquen con rectitud las condiciones del contrato suscrito tiempo antes; sin embargo, cuando llega el desamor se tiene la sensación de que no se ha cumplido lo convenido o que la inversión realizada te ha llevado a la ruina.

Muchas de tus obcecaciones se muestran estos días como auspicios de una separación que parecía estar firmada aunque sin fecha prefijada: el no oficializar nuestra pareja con cualquiera de las fórmulas que ahora ofrece la sociedad para satisfacer casi todas las exigencias; la contundente negativa cuando se suscitaba la posibilidad de tener hijos; la alergia que te provocaba la relación con mi familia o con las amistades que provenían de los años que no compartí contigo; las continuas reivindicaciones de tu independencia perdida, y eso que mi celo por conservarla se convirtió en una suerte de enseña para asegurar tu placidez.

Los desafectos, como las pasiones, te inundan hasta anegarlo todo. Estas se disfrutan y te hacen reverdecer; aquellos debes masticarlos y confiar en que, tras tragarlos, tus dientes no queden tan gastados que te dé miedo masticar otra vez. Sabía que iba a ocurrir… pero no con un wasap.

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