Historias de Plutón
José A. Secas

Amigo, estás agotado, lo veo en tu cara derretida de piel macilenta, en la mirada perdida y seca sin ese brillo de comerse la luz que tanto necesitas para mostrarte como verdaderamente eres. Conociéndote, estoy seguro de que un veneno muy grande está royéndote las entrañas. De hecho, sé cuál es la causa de tus males, pero soy tan discreto y prudente como tú eres un vergonzoso. No quiero darte consejos por respeto y porque los cambios en tu vida los generas tú y sé que nadie te va a convencer de nada que tú no hayas visto, pero te digo, desde el amor, que no estás donde deberías estar y debes salir de ahí. ¡Hazlo! (por favor).

Tu espíritu sin aliento no hace más que gastar energía. Estás quemando el momento presente, querido. No puedes mantener el cerebro al ralentí y alimentarlo con combustible caducado. No puedes tratar de defenderte de nada y de nadie; de todo y de todos. Estás agotado sin haber movido un dedo, esperando a que pase algo, consumido en tu pozo. No sigas por ese camino. Parece que has programado la calefacción del sentimiento a tope, pero dejando las ventanas abiertas. Veo cómo calientas el aire del vecino o la maldita intemperie mientras tú te hielas de un rencor inútil y doloroso. Pareces sobrevivir con el alma en “modo emergencia”, mientras esperas un ataque que ya ocurrió hace tres inviernos o el mismo ataque de siempre disfrazado de existencia maldita.

Te veo asiduo a los fármacos para la bilis y la mala baba. Te autorrecetas sin criterio y con la consciencia mediatizada por tu quiero y no puedo. Cóctel de cortisol en el desayuno para reventar el día. Sistema inmune en huelga de celo y observando por la mirilla con las manos atadas a la espalda. Recuerda que el cuerpo paga la factura que el ego no puede costear. Lo sabes. Deja ya de beber veneno a diario esperando que la otra (o el otro) se muera o que tu problema estructural desaparezca o se diluya en los sueños imposibles. Estás siguiendo una estrategia infalible en la toxicología del orgullo. Bah, es pura ironía para desesperados. Te sugiero que conviertas la mala sangre que te circula entre humores y jugos en un río herrumbroso en proceso de decantación para que tus glóbulos blancos recuerden de nuevo cómo bailar al son de la vida loca.

Como ya habrás percibido, relaciono tu problema con el rencor y el odio al prójimo o a un individuo en particular; incluido tú mismo. Para ello te recuerdo que esto afecta mucho a tu autoestima y a tu identidad (entre otras cosas). Representas tristemente y casi a la perfección la teoría del “espejo roto”: Definirse por lo que se odia. Perder el rostro propio por mirar el ajeno. Construir un edificio sobre un no acepto o un no comparto. Yo veo que te has mimetizado tanto con tu real o presunto enemigo que, si estornuda, tú buscas un pañuelo para tu propio odio. Suena raro, pero es cierto. Pareces un arquitecto que solo sabe levantar altos muros y ha olvidado cómo construir una ventana para que entre su propia luz.

El odio y el rencor afectan profundamente a tu creatividad y a tu rendimiento profesional. El odio es miope (o cegañuto, si lo prefieres). Te lo telegrameo: Visión de túnel. Incapacidad de asombro. Repetir el guion de la herida como un disco rayado. Ceporrismo contumaz. Y dale que te pego. Anda, salao, que tú puedes: intenta pintar un atardecer usando solo el hollín de tu propia pira funeraria. Levanta el vuelo como el Ave Fénix o aprieta el culo que como sigas así, vas mal. Te regalo una imagen poética que lo dice todo: Montas en tu chasis el motor de un Lamborghini Revuelto y lo usas para dar vueltas alrededor de un bache en el asfalto de tu propia carretera comarcal. Un lujo.

Los amigos, yo, los demás, todos… empezamos a sospechar de tu integridad, de tu credibilidad, de tu estabilidad y de más atributos que tenías (frescura, ingenio, nobleza, espontaneidad, sentido del humor…) y se están volatilizando; así que: ¡espabila! Tus amigos estamos para apoyarte y respaldarte. No puedes mirarnos mal, ¡no debes! No apliques el filtro de sospecha permanente, no nos mires como posibles traidores, no disimules tu soledad poniéndote una armadura innecesaria con nosotros. Tú sabes que te queremos. Parece como si quisieras convertir tu jardín en un campo de minas y luego te quejaras de que los jilgueros, los pardillos y los verderones ya no vienen a visitarte ni hacen sus nidos en tus ramas. Es como si hablaras con todo el mundo a través de una máscara de hierro y te sorprendiera que nadie reconozca tu voz. Te veo perdido.

No es por nada, pero me voy a poner ahora estupendo y trascendental y a pasarme de listillo; aviso. Sitúate en el supuesto de que estás pidiendo pista para despegar; vamos: que estás a punto de dejar este mundo. Aquí hago la cita de cultureta y te remito a las teorías y estudios de Elisabeth Kübler-Ross. Cuando estés en el borde del abismo y mires para atrás con esa claridad pasmosa que dicen que se experimenta, te vas a arrepentir del tiempo que has malgastado odiando. Morirás con la razón intacta y el corazón vacío. Tu contribución a la evolución de la humanidad será menor o igual a cero. Probablemente te darás cuenta (aunque ya no te sirva para nada) de que has corrido toda la maratón con una mochila llena de piedras que ni siquiera eran tuyas. Vaya telita. Anda, anda, espabila que aún estás a tiempo.

Decía que no soy quién para dar consejos, pero sí que soy tu amigo y te quiero. Te vas a tragar mi último sermón de buenrrollismo y luego, te lo tomas como tú quieras. Verás, puedes afrontar todo este periodo vital que transitas como una auténtica metamorfosis. Descubrirás que perdonar no es un favor que le haces al otro (o a la otra), sino un indulto que te firmas a ti mismo. Te animo a cambiar la antorcha por la regadera y a que te des cuenta de que, bajo las cenizas de ese odio inútil que te reconcome, la vida te ofrece un brote verde (y una futura flor) que está esperando a que dejes de hacer humo y gastar mistos y cerillos.

Continúo con mi rollo positivo para que saques algo que te sirva (si eso…). Te conviene echar fuera de ti al inquilino moroso del rencor porque, te lo aseguro, te va a dejar un espacio inmenso en el pecho. Un salón diáfano – diría Di Stéfano si estuviera de broma, pero esto es muy serio – donde antes solo había trastos viejos. Es hora de invitar a la ilusión a cenar, sin pedirle credenciales, simplemente porque el aire ahora huele a limpio y la mesa está, por fin, servida para el amor. Ya sé que suena un poco cursi y pedorro, pero tenemos que aprender a convivir con la realidad del amor ya que es lo único que nos va a permitir morirnos en paz y con la sensación de haber sido felices porque, como dijo Elisabeth Kübler-Ross, al final solo importa cuánto amamos. Así que, mi querido incendiario, deja de soplar las brasas de ayer. La luna (y el sol) no entienden de ofensas y mañana volverán a salir, no para darte la razón, sino para darte la vida. Y eso, compañero, es el único éxito que merece un brindis. Chin-chin.

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