Tú mismo. José A. Secas.

Historias de Plutón
José A. Secas

No persigues nada. Parece que te dejas llevar pero te guía un sueño. Cuando te sientes materialista y básico, quieres ser rico y cuando la espiritualidad y la altitud de miras hacen nido en tu alma, te basta el amor. Eres tan consciente de tus limitaciones en los periodos de reflexión y tan vehemente e impulsivo en el día a día que enfrentarte a la realidad, te cuesta y te duele. Piensas que tu condición humana es igual a la de cualquiera, y esto te produce sensación de libertad, del mismo modo, que hace que te reveles ante la injusticia que supone una existencia donde los seres humanos no son considerados un solo ente; hay tantas diferencias que los separan que enfrentarse a ellas, mina ese espíritu libre que transmites. Eres optimista y esperanzado hasta que la realidad te sacude y te hace bajar de tu nube particular; una nube de sueños, de ideales y de simples puntos de vista que compartes con muchos y te separa de otros. Eres tan mediocre y tan sublime como cualquier otra persona. Eres egoísta y generoso como todos. Puedes arrastrarte por el suelo y vomitar tus miserias tan fácilmente como trascender a la realidad y transportarte allá donde la fantasía se convierte en residencia de las almas en libertad. Navegas por

No quieres pasar desapercibido y te afanas en mostrar las mil facetas que posees con el ánimo de deslumbrar

caminos de introspección y te tropiezas con la maldita realidad, escalas las cumbres intelectuales y sucumbes a las pasiones o a los vicios, castigas tu sensibilidad con reflexiones filosóficas profundas o bajas al juego del niño que aun conservas, para encontrar la felicidad. Cantas, lloras, piensas, sientes, sudas, te contradices, explotas, te arrepientes, fluyes y pierdes la fe; también eres capaz de hacer todo lo contrario. Todo esto, una y otra vez, sumando vueltas al sol mientras ves crecer las hojas en una estación o despides para siempre a la generación que te precedió. Entre padres e hijos, entre profundidades, vaguedades, mentiras o contundentes realidades, acompañas a tu destino, a veces de la mano y otras a distancia, acobardado, receloso o avergonzado. Escuchas a su interior y te esfuerzas por mejorar la versión de ti mismo siempre que la estabilidad y la calma acaricien tus orillas. Te pierdes en tormentas arrasadoras cuando la perspectiva vira hacia destinos inútiles o irreales. Entre tanto, le silbas a los mirlos, contemplas la niebla y conduces tu mente hacia terrenos de paz porque entre tus instintos más básicos destaca el de conservación y no te gusta hacerte daño. No quieres pasar desapercibido y te afanas en mostrar las mil facetas que posees con el ánimo de deslumbrar pero, al cabo, te envuelves en un abrigo de ingenuidad y de candidez cuando te das cuenta que todos somos como tú y nadie es más que nadie.

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