Bienestar, Carmen Heras

Desde mi ventana
Carmen Heras

Dicen las leyes físicas que cualquier estructura, para poder subsistir, tiende a buscar un equilibrio estable. Siempre. Así que hay una clara sabiduría de permanencia en los reequilibrios que pueden sufrir una persona o un sistema de vida. Lo que ocurre es que alcanzarlos duele como cuando te vuelven a colocar el hombro en su lugar después de un dislocamiento fortuito. Y aunque, soberbios nosotros los de la sociedad del bienestar, pensábamos que algo así no podía suceder, ni tener efectos colaterales importantes dada la pujanza de los adelantos tecnológicos, se ha demostrado que ni eran tantos ni tan apropiados para defendernos de cualquier emergencia extra.

Y aquí estamos subiendo nuevamente la pendiente cómo Sísifo. Una historia, la suya, como pocas. Y que me subyugó. La que cuenta que las personas están condenadas a intentarlo una y otra vez, una y otra…y así hasta el infinito, abandonando toda esperanza (de poder dejar de hacerlo) como los condenados al infierno de Dante.

Se impone un esfuerzo en el control de la ansiedad. Se impone un lavado de conciencia, además del lavado profundo de las manos

Pero ahora nos hace falta la valentía y la generosidad y ser responsables, ser egoístas para nuestra salud y la de los otros, sentir la solidaridad de los equipos. En el medio de una crisis importante, a escala mundial. Primero y priorizando, la sanitaria; después, la económica. Tremendas. El estado de bienestar que no aguanta, que no puede seguir como está, por mucho que se tire de subidas de impuestos.

No habrá una sola solución. Ya lo pronosticaba Mencken en 1920: “Para todo problema complejo existe una respuesta que es clara, simple y falsa”. Pues en eso estamos, en probar, en obligarnos a intentar lo imposible copiando parte de la experiencia de quienes hayan pasado por parecidas vicisitudes, sin desfallecer, pero estrujando la inteligencia colectiva para que funcione a tope. Una inteligencia colectiva que no es únicamente la suma de las inteligencias individuales de todos y cada uno de nosotros, sino una interrelación entre todo ello y los procesos que se producen en cada contexto.

Nos hace falta confiar en la honorabilidad de los profesionales, en la de los políticos y en la nuestra propia, para no hacernos “trampas al solitario” a nosotros mismos. El problema es de todos, vaya si lo es y se trata de aplicar las soluciones lo antes posible. Porque resulta que las profecías de los visionarios se cumplen y llega un momento en el que no se sabe si fue la gallina antes que el huevo o éste antes que la gallina. Tal vez ideamos con la imaginación para hacer realidad nuestros miedos porque necesitamos de ellos para mantener a raya nuestras ambiciones y necedades. O bien, al contrario son estas las que originan las catástrofes por no controlar, por seguir actuando en el día a día como si no hubiera que proteger un mañana para nuestros hijos y los hijos de estos.

Se impone un esfuerzo en el control de la ansiedad. Se impone un lavado de conciencia, además del lavado profundo de las manos. Se impone mirar atrás para resetearse y seguir como conjunto social. Con reciedumbre. Y esperanza, claro. Porque el futuro lo escribimos, para bien o para mal, desde nuestro presente. A cuidarse, amigos. Individualmente y como parte de una sociedad.

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