Joaquín Corchero - Europa Press
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José Cercas

Muchos fueron los hispanistas que se aventuraron por España en pleno siglo XIX buscando la esencia del romanticismo en el país de Quevedo, Góngora o Garcilaso de la Vega. Venían atraídos por una imagen literaria, casi legendaria, de esta tierra. Pero se encontraron con otra realidad: una España herida, empobrecida y destrozada por las consecuencias de la guerra de la Independencia y por el absolutismo de Fernando VII.

Aquel país arrastraba demasiadas sombras. Estaba sometido, en buena medida, a una Iglesia oscurantista que frenó durante mucho tiempo el pensamiento, la educación y el progreso. Mientras Europa avanzaba hacia la revolución industrial, España quedaba rezagada, encerrada en sus viejos miedos, en sus dogmas y en una forma de entender la vida más cercana al sometimiento que a la libertad.

Hasta aquí, todo —o casi todo— el mundo podría estar de acuerdo.

Pero si dijera que, mental y culturalmente, parte de aquella España antigua no ha desaparecido del todo, quizá algunos se llevarían las manos a la cabeza. Y, sin embargo, ahí sigue. Cambiada de ropa, adaptada a los tiempos, pero con la misma voluntad de siempre: mantener al pueblo trabajador bajo una forma de obediencia, de resignación y de miedo.

Esa España de los palios dormidos, de las verdades impuestas y de las mentes obtusas no quiere evolucionar. Prefiere conservar sus privilegios antes que abrir ventanas. Prefiere mirar hacia atrás antes que permitir que la luz entre de verdad.

Ya lo decía el maestro don Antonio Machado: hay una España negra, heredera de lo más oscuro de nuestro pasado, y otra España luminosa, empeñada en superar esa oscuridad.

Y en esa lucha seguimos.

Porque si hablamos claro, y si de historia hablamos, no basta con mirar al siglo XIX como quien contempla una ruina antigua. Hay ruinas que siguen habitadas. Hay sombras que todavía mandan. Y hay oscuridades que, aunque cambien de nombre, siguen empeñadas en apagar la luz.

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