Comunicación Enrique Silveira

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Aquel que tiene habitual contacto con los medios de comunicación percibe a menudo que ha prestado excesivo interés a las palabras de uno de esos prójimos que invaden estos terrenos con insaciabilidad. Una vez engullido su comentario, se produce el indeseado atiborramiento y, al tiempo, comienza el proceso por el que se pretende ser inmune a estas situaciones en el futuro.
 Son muchos los que viven suspirando por aparecer en radio, prensa o televisión y jamás dejan pasar la oportunidad de reiterar sus opiniones como si la pervivencia del mundo conocido dependiera de ello. Que todos tenemos la necesidad de comunicarnos con los que nos rodean es una certeza incuestionable, pero entre el derecho a expresarnos y la invasión desmedida de la intimidad ajena deberían establecerse las pertinentes barreras. “Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden”, dijo Larra, que algo de comunicación sabía, sin conocer a los acaparadores de hoy, si bien en su tiempo alguno había que apuntaba maneras. Charlatanes, parlanchines, cotorras, lenguaraces que todo lo saben, que nada dejan sin comentar; lenguas incontenibles que no se arredran jamás, seres a los que sobran las orejas, pues escuchar no es de su incumbencia, protagonistas de alocuciones capaces de aturdir a las mentes más privilegiadas. ¡Un micrófono, dónde hay un micrófono! Gerard Piqué, Willy Toledo, Pablo Iglesias y Gabriel Rufián – o cualquier político en busca de poltrona –

Que todos tenemos la necesidad de comunicarnos con los que nos rodean es una certeza incuestionable

peleando enfurecidos por revelar todo lo que albergan sus molleras: oportunas agresiones, declaraciones victimistas, consideraciones demagógicas, sugerencias insoslayables si de verdad quieres ser, como ellos, imprescindible; aclaraciones, glosas, exégesis, críticas, paráfrasis… Todo ello para beneficio del incauto y desinformado semejante que haría bien en abandonar la actividad que le ocupa para prestar la máxima atención a lo que dicen los adoradores de su propia voz, porque es seguro que sus sabias palabras alumbrarán su existencia hasta convertirla en un paraíso. Recurrir a la sacratísima y muy constitucional libertad de expresión ampara a estos apóstoles de medio pelo ante el general hartazgo del pueblo anónimo, pero quedan recursos para evitar su incontenible y soporífera verborrea. Igual de sagradas, aunque las ignore la Constitución, son la libertad de elección, que nos permite apagar el televisor o pasar la página cada vez que se asome uno de estos lumbreras; la libertad de atención que nos faculta para observar a estas celebridades del vocerío insulso sin prestarles el más mínimo interés, aunque, por mera educación, dé la sensación de que morimos por el contenido de su cháchara; además del obligatorio ejercicio de responsabilidad que conduce a la promoción de los buenos modales, el respeto por lo ajeno y el fomento del bien común, preceptos ignorados por los campeones del comentario fatuo y falaz.

Aplicadas estas terapias que preservan del tedio supino y del hartazgo aturdidor puede ocurrir que estos prohombres de la palabrería desistan y dejen de perseguir al periodista que recoge entusiasmado las disquisiciones que llenarán los huecos en los medios de comunicación. No cantes victoria: aparecerán otros tan dispuestos como ellos a aturullarte… y los antiguos pasarán a engrosar las filas de “Sálvame”.

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