Historias de Plutón
José A. Secas

 
En momentos como aquél, en los que sentía una profunda angustia vital, solía escribir poesía, porque -decía- algunos sentimientos y emociones son difíciles de transmitir, si no es con audaces metáforas u otras figuras literarias. Pero ese día no quiso verterse en versos enmarañados ni ocultar su cara triste detrás de palabras colocadas en el papel con el corazón. Se enfrentó a la pantalla, tal y como hacía a menudo, con la intención de que la escritura funcionara como terapia; pero no para salvaguardar sus desvaríos, sino para mirarse en un espejo y tratar de descubrir allí la razón de sus pesares y, cómo no, la luz que le permitiera seguir avanzando en esa vida que le había tocado vivir.
 
No encontraba consuelo en un presente revuelto, incierto, extrañamente azotado por unas circunstancias que le sobrepasaban y a las que no conseguía hacer frente. El  mantra, tantas veces repetido por filósofos, escritores y pensadores, de “carpe diem” le resultaba difícil de sobrellevar. Por eso, se refugiaba en la literatura, para hacer de su presente triste, siquiera el tiempo en que se sentaba a teclear, un momento de ejercicio intelectual, de introspección, de reflexión, que le gustaba o, al menos, le entretenía. En esa contradicción de sentirse bien escribiendo el porqué se sentía mal, dejaba que su capacidad de expresión le redimiera y le mostrara alguna salida por donde ir a sofocar sus incendios o a aplacar su sed.
 
Echaba la mirada atrás, como recurso, como fuente de inspiración, y solo se fijaba en las piedras del camino, en los sinsabores y en las pérdidas. Miraba sus arrugas y sus fotografías antiguas con una profunda nostalgia que, al paladearla, se hacía amargura. No encontraba consuelo ni dicha repasando momentos gloriosos o revisando la conquista de hitos en su vida. Se había apoderado de él un pesimismo devastador que se alimentaba de fracaso y desafección. Su autoestima estaba por los suelos y no le veía sentido al camino recorrido. Nada había merecido la pena. Nada.
 
Con ese talante era imposible mirar al futuro. Lo veía todo tan negro… Había perdido la ilusión hasta tal punto de abandonarse, indolente, a la voracidad insana de una  depresión galopante. Asqueado y roto, una vez más, pensó en quitarse la vida, pero se sentía tan cobarde que utilizaba ese pensamiento autodestructivo para regodearse, ahondar en su herida y bajar unos cuantos escalones más, camino de una locura que se estaba haciendo dueña de su vida y le esperaba con ansiedad.
 
 
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En instantes como aquel, en los que se sentía vivo y creativo, escribía y escribía sin parar. Le daba igual hacerlo en prosa o en verso. Normalmente escribía impulsivamente y solía verterse en composiciones cortas: un artículo, un poema… Buscaba como plasmar sus sentimientos de modo que llegaran al lector (directo o imaginado, concreto o posible) y no se paraba mucho a pensar en la forma; simplemente, lo hacía. Aquella vez, también se sentó a escribir con ese ánimo holístico tan enriquecedor que le permitía situarse por encima de las circunstancias. Dejó que su espíritu traspasase esa zona donde la reflexión se codea con la intuición, donde la inspiración viene de la mano de un sentimiento o una emoción que van más allá de la razón. Se hacía permeable a su instinto y se dejaba empapar. Abría la espita del verbo y un chorro de palabras,  se desbocaba en los cielos de una pantalla en blanco.
 
El presente le brindaba todos los recursos que necesitaba para crear; para interpretar y expresar. Para él, la vida, era tan variada, tan emocionante, tan diversa. Las personas, los lugares, las situaciones, las relaciones… Mirara a donde mirara, siempre encontraba un hilo de donde tirar. Le apasionaba acercarse a la realidad con sus ojos curiosos y bucear entre los sentimientos o, simplemente, pisar el suelo, sentir y, luego, contarlo. El acto de escribir era un goce supremo; un reto intelectual capaz de acercarle a la plenitud y también de conmover al lector. Se sentía bendecido por esa capacidad que tenía para expresarse y agradecido de poder hacerlo, libre y tranquilamente, y de llegar a quienes apreciaban sus escritos; lectores que le devolvían, con creces, el amor y las buenas intenciones en las que siempre descansaban sus letras. 
 
Esa actitud ante la vida y ante la literatura, le mantenían predispuesto para afrontar una existencia plena. El hecho de poder escribir lo que pensaba y sentía, y que llegara y tocara la fibra sensible de los corazones de quienes depositaban su atención en sus palabras, era apara él una de las “cosas buenas” de la vida. Había más momentos vitales para ser disfrutados (la música, la naturaleza, la amistad, el arte, la familia…). Afortunadamente para él, la misma predisposición que tenía hacia la creación literaria, la mostraba ante la vida; por eso, pensaba de sí mismo que sabía encontrar (o al menos buscaba con afán y fe) la felicidad en todos los instantes que le deparaba la existencia. Sabía que mantener esa consciencia de vivir el momento presente, era una tarea que necesitaba todo lo bueno que él pudiera ofrecer. Eso era actitud. Luego, además, creía en el amor y despreciaba el miedo y, así, era fácil vivir.

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