Dani Enrique Silveira

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Subía Daniel las escaleras del hospital tras asegurarse de que su prima estaba trabajando. Solo quería saludarla y sabía que la mejor forma de hacerlo era arrancar una cuantas risas que le dejaran un regusto almibarado para enfrentarse al resto de la jornada laboral. Pensó en las muchas maneras con las que solía conseguirlo y eligió una que jamás había fallado: la cojera cimbreante. Llegó a la cuarta planta, giró hacia el mostrador donde siempre estaba y se dirigió hacia ella con el paso característico de un amigo al que imitaba tan bien que se podía pensar que habían compartido el mismo accidente y que este había dejado en ambos idénticas secuelas. Ella enseguida lo vio, pero en esta ocasión observó Daniel un gesto serio que no celebraba la broma que ya había usado otras veces. Se alarmó el cojo ocasional y ya en el mostrador esperó a que el compañero con el que hablaba su familiar se marchara para enterarse de las preocupaciones que habían secado sus habituales carcajadas. El colega se despidió ceremonioso y se alejó con la misma cojera con la que Daniel había recorrido el largo pasillo… solo que sin ánimo de alegrar la mañana a nadie, pues, según supo después, esa asimetría le acompañaba desde la niñez.

No hay mérito más escaso ni tan valioso como el buen humor

La anécdota, como otras muchas, consiguió parar nuestro partido dominical otra vez porque la hilaridad es incompatible con el buen desarrollo del juego. En esta ocasión tardamos un buen rato en reiniciarlo: las risotadas retornaban incontenibles y volvían a hacer imposible la concentración en el encuentro, aunque el gasto calórico seguía asegurado, que no hay desgaste mayor ni mejor recibido que el que deja dolorido el abdomen.

Dicen Celtas Cortos en su más famosa canción: “Qué tal te va con el tío ese, espero sea divertido…”, desde luego no es un mal deseo para alguien a quien añoras y hace mucho que no ves. Y es que no hay mérito más escaso ni tan valioso como el buen humor y Daniel lleva toda la vida alegrando la existencia de los que le rodean, proporcionando toneladas de alborozo y provocando regocijo a todo el que se cruza en su camino. Me consta que no lo considera una virtud, que jamás alardea de su capacidad para fabricar el jolgorio ajeno porque, como suele decir, el verdadero esfuerzo para él sería callar u omitir su incomparable histrionismo. Sus recursos para conseguir que tu gesto cambie y afloren las únicas arrugas bien recibidas no dejan de crecer: ironías, juegos de palabras, tergiversaciones, guiones opuestos, hipérboles imposibles, imitaciones, canciones con la letra alterada, un sarcasmo lacerante e incontenible, aforismos de su invención que luego olvida porque ya se le ocurrirán otros…

Cuando me vea tras leer estas letras, me mirará incrédulo y, con el brazo sobre mis hombros, soltará una imprevisible andanada que descompondrá mi semblante e impedirá que conteste porque la risotada es irreconciliable con el discurso cuerdo, o sea, más de lo mismo. La vida no te ha tratado nada mal Daniel, pero te deberían pagar por esto.

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