Historias de Plutón
José A. Secas

Como hermano mayor -deseado- de familia numerosa que soy, siempre he gozado de ciertos privilegios familiares y sociales, del mismo modo que, mi condición de primogénito, me ha supuesto una serie de desventajas con respecto a mis hermanos. Para justificar la personalidad, el carácter, defectos o virtudes de los nacidos en primer lugar en el seno familiar, no voy a confeccionar una lista con las “cosas buenas y malas” (un DAFO) que tiene la circunstancia del orden de nacencia. Tampoco abundaré en las relaciones de este hecho objetivo con la (in)felicidad subjetiva, no; dejaremos esos menesteres a los sicólogos y otros consejeros, terapeutas y sanadores de las cabecitas locas. Voy a rescatar, de mi maltrecha memoria, los recuerdos que se me vengan, sin ponerles etiqueta; simplemente voy a darles cancha por orden de llegada. Sin  prejuicios, sin pretextos, sin orden y sin rencor.
 
Por ser mayor tengo muchas mas fotos de chiquinino que mis hermanos. Mi tío Adolfo, casi aprendió a hacer fotos teniéndome como modelo. No creo que ni siquiera mi primo Fito tenga tantas fotos como yo. Eso imprime carácter y fija unos recuerdos inexistentes (por la propia edad) y convierte en reales historias olvidadas. Por ser mayor, estrenaba ropa y juguetes “de mayor”. Los que venían detrás, arreaban; para lo bueno y para lo malo. Por ejemplo -para lo malo-, yo era más inocente que una pistola de agua. Me tragaba los cuentos y las mentiras con una ingenuidad abrumadora. Flipaba con los amigos de mi edad que eran (y son) hermanos pequeños en sus familias (Juan Carlos, José Luis, Iñaki, Miguel…), eran muchísimo más espabilados que yo. Tenían una información acumulada y traspasada de hermano en hermano, de la cual yo carecía. Cuando crecí, me hice adolescente y empecé a devorar música, el abismo entre ellos y yo era morrocotudo. Más cosas: como hermano mayor estaba cargado (a veces, con mucha presión) de responsabilidad, de instinto de protección, de necesidad de ser (de hecho, lo era) un referente para mis hermanos. Debía representar un ejemplo para ellos, pero creo que no lo hice muy bien porque, aunque esos mantras que repetían mis padres, me han quedado grabados en el disco duro, por aquel entonces era un niño feliz que iba a su  bola y la concentración en la charla, los consejos y el rollo educativo, me duraba, como a todos los niños, lo que se dice un santiamén. En todo caso, eso se lo preguntáis a María, Kiko, Andrés, a Isabel (y a Julito). 
 
Podía contar la sensación (confirmada con la paternidad de  Pablo) de sentirme un conejillo de indias en manos de unos padres (José Pedro e Isabel) novatos, del mismo modo que el centro de todos los miramientos y atenciones. Podría referir mi sensación de abrir camino como joven, a mis hermanos adolescentes, de un modo absolutamente inmerecido e injusto pero, por otra parte, natural. Podría contar que la jerarquía (y la edad) me permitían un sitio preferente en la mesa o el acceso a historias “de mayores”,  a las que los hermanos pequeños tardarían en llegar. Podría tirar del hilo de los recuerdos de niñez para tratar de darle explicación al adulto que, ahora, sigue haciéndose las mismas preguntas, repetidas por los hombres desde que el mundo es mundo… pero no. Voy a callarme ya y a verme pequeño, casi insignificante, en este presente efímero, y a fluir por la vida con lo poco que tengo y lo mucho que soy. Gracias por ser parte de ella. Gracias.

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