La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Como todos los seres vivos, las palabras nacen, crecen, se reproducen y mueren. Como todos ellos sufren contingencias a lo largo de sus días, algunas las encumbran y consiguen que luzcan con un desconocido fulgor, otras las empobrecen de tal manera que las difuminan hasta arrinconarlas en el cuarto de los trastos del diccionario al que solo acuden los nostálgicos. En ocasiones, los que usamos esas palabras las condenamos a constantes vaivenes o las cambiamos de ropajes por intereses no muy honorables, sin pedirles permiso, sin respetar su pasado ni preocuparnos por su futuro; las zarandeamos, en definitiva, hasta hacerlas irreconocibles.

Feminismo, el diccionario destaca en su definición el concepto de la búsqueda de la igualdad y sería difícil encontrar a alguien de alma digna que no aceptara los preceptos que nos conducen a una sociedad en la que todos tengamos las mismas oportunidades. El largo trayecto del feminismo ha visto cómo se depauperaba su sencilla definición sobre todo cuando se acompaña al término de un adjetivo. Sin abusar de la paciencia del lector: feminismo interseccional, feminismo radical, feminismo liberal, feminismo socialista o marxista y, la joya de la corona, ecofeminismo. De cómo estropear, manipular, tergiversar un noble mandamiento los humanos somos grandes especialistas; de cómo convertir un principio inexcusable en basura ideológica somos catedráticos.

¿Recuerdas, lector, cuando a la inmensa mayoría de las mujeres les halagaba que las denominaran feministas? No ha pasado tanto tiempo. En la actualidad, muchas de ellas siguen trabajando para eliminar los reductos en los que aún impera una desigualdad inspirada en el género de la persona; son plenamente conscientes de su esencia y exigen sus derechos, pero la mayoría evita encuadrarse bajo el término feminismo y así evitan salpicarse de malas interpretaciones de una justa reivindicación.

Antes, no hace mucho, machismo y feminismo eran términos antónimos; toda la carga negativa del primero -incuestionable- se convertía en positiva en el segundo; ahora se aproximan -cada vez más rápido- a ser sinónimos en cuanto a lo nocivo se refiere. Cada vez más mujeres repudian que las llamen feministas, porque muchas de las que defienden en los medios de comunicación -y desde las instituciones- la igualdad de género se han cubierto de una pátina que rezuma revancha, venganza, resarcimiento… y esos mimbres no te acercan ni a la justicia ni a la verdadera equidad.

Recuperar el esplendor del término feminismo, tras tanto tiempo de decadencia, es casi una entelequia.

Habría entonces que buscar nuevos términos antes de reinventar los que definen las actuales sensibilidades; nada más complicado, nada más tortuoso en una sociedad cada vez más exigente, cada vez más reacia a respetar otras posibilidades, so pena de que el osado reciba el apelativo de reaccionario o inmovilista.

Progresismo, en ocasiones, algunas palabras se popularizan al aprovechar el tirón de sus hermanas mayores. Es evidente que el sustantivo progresismo es un recién nacido que quiere parecerse en contenido a su ascendente, progreso, curtido ya en mil batallas, con un indestructible prestigio y al amparo del aprecio de todos. El progreso significa un cambio, a veces difícil de asimilar si no se produce con la prudencia necesaria, pero imprescindiblemente comporta avances, mejoras, ajustes que nadie puede poner en tela de juicio. Solo Daniel, El Mochuelo, en la inolvidable novela de Miguel Delibes, se atrevió a despreciar el progreso porque para alcanzarlo debía abandonar su querido valle, a sus amigos y sobre todo a Uca-uca, de la que se sentía enamorado (el progreso, en realidad, no le importaba un ardite…).

Progresismo envidia profundamente a su antecesor porque ha devenido en adjetivo y solo aparece para acompañar a sustantivos: políticas progresistas, gobierno progresista, sociedad progresista… Además, ni como acompañante asegura en absoluto los indudables beneficios que aporta progreso, incluso en ocasiones define un modelo que no solo no mejora el anterior sino que entorpece, malhumora y confronta a una buena parte de los que han de sufrirlo, con lo que es más que discutible su función reconstituyente con respecto al patrón que intenta suplantar, demasiadas veces sin el más mínimo consenso.

En definitiva, si nos decidimos por un feminismo progresista o un progresismo feminista, no tenemos asegurado el éxito entre nuestros congéneres, por eso de que algunos términos se depauperan con tanta rapidez que al usarlos se pueden resquebrajar antes de lograr su cometido. Para los que no confían en el viejo baúl de las palabras no hay problema: se inventan algunas nuevas o podemos retorcer alguna existente con algo de reputación.

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