Desde mi ventana
Carmen Heras

Por la mañana escucho una entrevista y por la noche veo una película. Ambas con el mismo tema: la manipulación.

El entrevistado, un especialista en asuntos televisivos, habla de los programas que tanto llaman la atención de todos, de cómo crean y destruyen “famosos”, de cómo inventan los propios prejuicios del espectador, de cómo, llegado el caso, incorporan al programa a componentes del famoseo patrio para así no tener competencias de otros canales, pues si están en nómina no pueden ir a los platós de otros medios. Es puro mercado del ocio y gran habilidad de quienes mueven los hilos, sobre todo los del dinero, pero también de los profesionales dedicados a este tipo de espectáculos -reyes y señores de la parrilla, ellos mismos- y cita entre distintos ejemplos el programa de “Sálvame”. Todas las programaciones (dice) son hijas de su tiempo. La televisión en directo, o través de plataformas, es algo proclive a la manipulación, pues se ve mucho, no solo por los jubilados, ese grupo estereotipado de personas mayores, que siempre nos quieren representar sentadas ante la televisión, sino por otros grupos de edad, incluidos los más jóvenes. Por supuesto que no todos responden a este patrón. También hay programas clásicos (más serios) que permanecen y cita “Saber y Ganar” que lleva tiempo y tiempo con el mismo formato y es el más visionado por la audiencia…

La manipulación discurre por caminos parecidos en algunos sectores de la prensa escrita. Ayer mismo explicaban los ecos sociales un evento que acapara portadas. “Estaba espectacular con un look en color no se qué…”, pero yo lo que veía en la foto eran unos muslos algo flácidos, entrevistos por la abertura de la falda, unas rodillas feas del frío invernal, unas sandalias imposibles caminando por un asfalto en dirección a un palacio antiguo cuya fachada, vista a pie de calle, nunca se me antojó “imponente” como dice la crónica. Pero habían cortado toda la zona y los curiosos ocupaban el decorado para las fotos de las revistas, muy atentos detrás de unas vallas, dispuestas en honor de los invitados y su paseíllo, muchos grabando las imágenes con sus móviles.

Por la noche, en un canal de Movistar Plus veo la película VICE (El vicio del poder) sobre la figura de Dick Cheney, el todopoderoso Vicepresidente de EEUU durante la Presidencia de George W. Bush, hijo. La película lo hace responsable a él (un oscuro burócrata, crecido como tantos otros a la sombra de la institución) y a sus colaboradores (un verdadero equipo de poder en la sombra) de la respuesta de la administración americana a los ataques del fatídico 11 de septiembre del 2001 y de la subsecuente guerra contra el terrorismo. Cheney apoyó la operación contra Irak y fue muy criticado por ello, por el tipo de espionaje usado y por las llamadas “técnicas de interrogatorio mejoradas” (Guantánamo, etc). La guerra produjo muchos muertos en ambos bandos; las supuestas armas químicas nunca fueron halladas y después de aquello algunos movimientos extremistas lograron mayor consistencia en distintos lugares del mundo. La tesis de la película es que el manejo selectivo de la información, la profusión y difusión de noticias falsas y el uso del poder ejecutivo de la Presidencia lo hicieron posible, en una legislatura donde Bush poco tuvo que decir.

Para reflexionar, ahora, que sigue la guerra entre Rusia y Ucrania…

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