el rodeo juegos

La amistad y la palabra
Enrique Silveira

En la actualidad, se construye intentando que la urbanización contenga elementos que antes se suponían cercanos y de uso común; a fe que algunas son primorosas, pero en casi todas ellas cuelgan visibles carteles que prohíben casi todo lo que divierte a la chavalería, con lo que esta debe emigrar en busca de las muchas instalaciones públicas de las que antes carecíamos; es un gran avance, pero se pierde el arraigo al barrio tan característico de tiempos anteriores: nada es perfecto.

Al fútbol solo lo desplazaban dos cosas: la oscuridad y el calor. A la primera la vencíamos con juegos que no se aprendían en internet -se heredaban de generación en generación, como los cuentos- y se desarrollaban bajo las luces callejeras. Eran muchos y muy variados; algunos no requerían más que la buena disposición y otros necesitaban aditamentos generalmente fáciles de conseguir. Entre los primeros gustaba mucho hilo negro, que solía ser nocturno y mezclaba astucia y conocimiento del entorno; también rescate, con su variante el bote, donde brillaban aquellos de mejor condición física y flojeábamos los descendientes del año del hambre, es decir, los chavales cuyas madres no concebían que un plato no se sirviera repleto y que no acabara reluciente, pues sabían lo que era no conciliar el sueño por falta de alimento en el cuerpo; esta estrategia nutricional conseguía que algunos desplazásemos un tonelaje incompatible con juegos de agilidad y rapidez; la mosca burrera en el que era bastante habitual acabar con alguna magulladura de la que ni siquiera comentabas nada en casa, aunque doliera lo suyo, para evitar la bronca que te caería por tu falta de previsión.

 
 
 
 
 
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Con útiles fáciles de conseguir se jugaba a la villorda, precursora del deporte rey americano, el béisbol, aunque mucho más primitiva; el clavo, para el que se necesitaba una punta de metal de cierto tamaño y que hubiera llovido poco antes para poderla hincar en el barro; la taba, que requería un hueso que proporcionaba el carnicero al que pintábamos las diferentes caras y que era el más cruel porque en él se podía conquistar el poder para ordenar, ejecutar o merecer el castigo y siempre se pagaban rencillas anteriores.

Las chapas se conseguían con rapidez y ofrecían varias opciones: las carreras, que debían ajustarse a un recorrido perfectamente delimitado, o los partidos en los que cada uno defendía los colores de su equipo o del que nadie había escogido por su falta de prestigio si se te habían adelantado. Ambas posibilidades eran muy apreciadas y el triunfo también otorgaba cierto prestigio, aunque ni mucho menos el que se obtenía al marcar tres goles en un partido, por mucho que no lo denomináramos hat-trick.

El calor era un enemigo más difícil de vencer y eso que a un cacereño solo le enseña a pasar calor un tuareg. Las carreras tras el balón se convertían en un esfuerzo tan titánico que ni siquiera se intentaba. Solo podías imponerte a las temperaturas veraniegas refugiándote en casa -sin aire acondicionado y las ventanas abiertas para buscar la corriente- o acudiendo a la cercana Ciudad Deportiva, cuyas piscinas refrescaban y además albergaban a despampanantes chicas que la convertían en El Paraíso, aunque pocas veces acumuláramos suficiente valor para acercarnos e iniciar una relación amistosa. En esos días, cuando volvías a casa a mediodía, El Rodeo se convertía en el Kalahari; se sumaban el hambre, el cansancio, la temperatura propia de un horno de pizzas y la cuesta pedregosa y polvorienta que bajaste tan ufano y había que subir para llegar a la sombra más cercana y al cuenco de gazpacho. Las noches tórridas producían una prórroga porque era difícil conciliar el sueño; los vecinos bajaban a la calle buscando la brisa y los chavales continuábamos el juego hasta que nos vencía la fatiga. Algunos vecinos, buscando el fresco ausente hasta el alba, sacaban un colchón al balcón con el propósito de encontrarse con el sueño, pero en ocasiones ni por esas.

La proximidad de la naturaleza te invitaba a relacionarte con ella y qué mejor manera que adoptar una mascota que podía criarse como tú en un ambiente en el que el cemento no era el material predominante. Proliferan ahora los animales de compañía, pero en una época en la que un hijo único se miraba con extrañeza porque las casas estaban repletas, debía reinar en el hogar el más fervoroso amor a los animales para asumir más responsabilidades, así que ni se nos ocurría sugerir la incorporación de un animal al plantel. Perros y gatos que no tuvieran dueño sí que encontrabas, tan hambrientos y necesitados que inspiraban compasión. Había hogares en los que se escuchaban algunos trinos, unos de pajarillos de fácil cuidado y otros de aves de reclamo que guardaban los cazadores para jornadas venideras, pero todos los años cumplíamos con los gusanos de seda. Era un ritual alimentarlos con las moreras de los árboles de la carretera y observar su transformación, que no por conocida perdía interés. Las cajas de zapatos que les servían de refugio llegaban a estar atestadas de ellos.

La lluvia también era un enemigo temible. los padres consideraban inconcebible continuar las rutinas bajo el agua y reclamaban tu rápida presencia en casa. En verdad no les faltaba razón porque además de los riesgos para la salud, la ausencia del civilizante asfalto provocaba enormes extensiones de barro -barrizales- que inevitablemente acababan primero en el atuendo y después en el suelo de las casas, Para mancharte de lodo en la actualidad has de pisar uno de los parterres que adornan nuestras calles. La lectura entonces podía sustituir a los juegos callejeros porque la televisión solo emitía unas pocas horas al día y la programación dejaba mucho que desear, y aunque los libros tenían un prestigio que ahora ha decaído en favor de los juegos de mando y pantalla no gozaban del gancho de las actividades en el exterior: la calle era un auténtico refugio.

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