Las carencias
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Historias de Plutón
José A. Secas

Para escribir bajo este título, me tengo que inspirar en algo o alguien que considere “manifiestamente mejorable” y ya me estoy viendo venir con mi suficiencia en todo lo alto, mi ego en plan sobrao y mi presunta capacidad, libre de toda sospecha, para enjuiciar a los demás, que me asusta. Me he afanado en repasar las cualidades de amigos y conocidos, dispuesto a someterlos a los rayos equis (x) y a poner a su altura mis distintas varas de medir y me he desengañado al instante porque, afortunadamente, han desfilado todos por mis mientes. Todos; no se ha salvado ni uno. No sabía por quién decidirme para cortarle el traje. Incluido tú. Luego, me ha sobrevenido un ataque de consciente humildad y me he visto chiquinino como cualquiera de mis presuntas víctimas.

La opinión, el criterio, el juicio (ya estamos…) y luego la libertad de expresión, me amparan para meter mano a diestro y siniestro y rajar de lo que quiera y, asociarlo a quien quiera. Hala, a cacarear las carencias de unos y las limitaciones de otros, a poner a los mediocres en fila para convertirlos en dianas y que los más ociosos y babosos se acerque a darles un par de hostias. Ahí os dejo mi punto de vista, lleno de mierda y odio para que lo disfruten los partidarios y para generar mi correspondiente y desproporcionada dosis de mano de los detractores y opositores. Cómo ensucia la mente este deporte y cuánta energía se dilapida. Además, el veneno se retroalimenta, se expande y se transforma en versiones peores de si mismo. Una pena. Ya estamos liados.

Desde los programas de tele-basura, pasando por el corrillo de los compañeros, el parlamento (nacional, autonómico, regional, local o de la comunidad de vecinos), los titulares del telediario o del periódico, el patio, la barra, las escaleras o el grupo de guasa de turno; ahí vas a encontrar a un familiar, paisano, amigo, camarada, colega o correligionario haciendo con otro, precisamente, eso que hacen contigo cuando no estás delante; eso que lamentarías conocer sobre la opinión que les mereces a ese prójimo envenenado, eso que todos detestan y practican sin querer: socializarse.

Vaya, parece que he llegado a una conclusión: como individuos sociales que somos estamos sometidos al escrutinio y juicio de nuestros iguales. Permanentemente. No hay manera de evitarlo. La sociedad funciona así. Es la vida. Pero -siempre hay un “pero”- la diferencia está en tu forma de enfocar esta manifestación cultural y social que es el rajar del prójimo. Ahí eliges tú. Puedes ver carencias o virtudes, tomártelas bien o mal, elegir las palabras y transmitir tu (buen o mal) talante implícito en el mensaje. En el fondo la pregunta es -gracias Sis- muy sencilla: Cuando seas mayor, ¿quieres ser un/a abuelito/a adorable y entrañable o una versión pasada de ti mismo quejica y cascarrabias?. Adorable, ¿verdad? (y yo), ¿si?, pues ya puedes ponerte manos a la obra, coleguita, que eso lleva tiempo hacerlo bien y el almanaque se deshoja muy rápidamente.

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