cataluña

Los escoceses decidieron la semana pasada permanecer en Reino Unido tal y como venían haciendo. El referéndum por la independencia dejó claro que las encuestas no estaban tan igualadas como anunciaban los sondeos durante las últimas semanas. Los unionistas vencieron en las urnas por más de once puntos. ¿Por qué hubo tanta diferencia a la hora y día señalados? Las encuestas anuncian intención de voto, pero solo eso, intención. Las manifestaciones buscan, la mayoría de las veces, sumarse a la opinión socialmente más condescendiente. Se opina con el corazón y se acaba votando con la cabeza y el bolsillo. Y eso precisamente arguyeron los defensores de la integración: si Escocia emprende un camino en solitario se encontrará más dificultades que beneficios. Y claro, con esos nubarrones en el horizonte ni el mismísimo William Wallace hubiera votado sí. En momentos clave, la seguridad se impone a la incertidumbre. David Cameron, primer ministro británico, sale reforzado de la consulta. Su órdago de permitir y alentar el referéndum ha aplacado las peticiones separatistas de Alex Salmon, ministro principal de Escocia. Los escoceses han hablado. Con esta acción estratégica —y aún arriesgándose a una hipotética victoria del sí— Cameron desactiva el argumento de represión que podían esgrimir los partidarios de la independencia. La estrategia de Cameron ha pasado por desdibujar al enemigo y diluir la causa común del pueblo escocés.

 

El caso del referéndum catalán previsto para el 9 de noviembre puede tener el mismo recorrido. Los partidarios de la independencia son proclives a hacerse visibles en declaraciones públicas, incluidos los hermanos Gasol, que juegan con la selección española y promueven la secesión de la región catalana. Cosas del deporte, que parecen no ser incongruentes, según los interesados. Rajoy, presidente del Gobierno, y Pedro Sánchez, líder de la oposición, coinciden sobre el referéndum: no se permitirá si es ilegal. El tema no está tan claro si Mas puede modificar la Ley de Consultas del parlamento catalán. Con salvedades, estamos ante el mismo caso de Escocia y Reino Unido. Corremos el peligro de constituirnos como el enemigo común que precisan para hacerse fuertes. ¿Y si se llevase a cabo la consulta? ¿Estamos seguros de que ganarían los partidarios de la independencia?

 

La democracia exige participación. Mas llevará este espíritu de la Constitución al límite, y Rajoy debe ser hábil no solo con sus negociaciones con el presidente catalán, sino con la imagen de autoridad y comprensión que desprenda ante el pueblo catalán, que curiosamente está formado por los hijos de aquellos emigrantes extremeños y andaluces que con su esfuerzo levantaron la región próspera que hoy es. Bueno, y las prerrogativas que han favorecido a Cataluña durante años para mantenerlos apaciguados.

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