Conrado Gómez, director general Avuelapluma
Veinte años dan para mucho. Dan para ver cambiar gobiernos, alcaldes, modas, periódicos, bares, calles y hasta la forma en la que discutimos. Dan para ver cómo Cáceres pasaba de vivir cómodamente instalada en cierta calma provinciana a convertirse en una ciudad mucho más dinámica, más abierta y también más consciente de sí misma.
Y dan, sobre todo, para confirmar algo importante: que la cultura no era un capricho. Era una necesidad.
Cuando nació Avuelapluma en 2006, las redes sociales apenas empezaban a asomar, la conversación pública todavía tenía cierta pausa y la palabra “polarización” no formaba parte de nuestro vocabulario cotidiano. Hoy vivimos exactamente en lo contrario: exceso de ruido, opiniones instantáneas y un ecosistema donde parece más rentable enfadarse que entenderse.
Por eso quizá tiene más sentido que nunca seguir defendiendo algo aparentemente tan sencillo como esto: “cultura para entendernos”.
Durante estos veinte años Cáceres ha cambiado mucho. Y buena parte de ese cambio tiene que ver con la capacidad que ha tenido la ciudad para generar espacios de encuentro alrededor de la cultura.
Reivindicar espacios de encuentro quizá sea hoy más revolucionario
de lo que parece
La candidatura a Capital Europea de la Cultura 2031 probablemente sea el mejor ejemplo de ello. Más allá del resultado final, el simple hecho de creérselo ya supone un cambio profundo. Durante demasiado tiempo esta ciudad vivió instalada en la sensación de que los grandes acontecimientos siempre pasaban en otro sitio. Ahora suceden aquí.
En los escenarios, en los bares, en los teatros, en las plazas, en las asociaciones vecinales, en pequeños proyectos culturales levantados casi siempre con más entusiasmo que presupuesto. Suceden también en conversaciones aparentemente pequeñas que terminan generando proyectos enormes.
Ese probablemente haya sido uno de los grandes cambios de este tiempo: entender que las ciudades más vivas no son necesariamente las más grandes ni las más ricas, sino las que consiguen generar comunidad.
Y eso tiene muchísimo que ver con la cultura. Con la cultura entendida no como un lujo elitista, sino como un lugar común donde todzavía podemos coincidir personas que pensamos distinto. Un espacio donde cabe el humor, la crítica, la discrepancia y también el afecto. Algo especialmente importante en un tiempo donde casi todo parece diseñado para dividirnos.
Frente a eso, reivindicar espacios de encuentro quizá sea hoy más revolucionario de lo que parece. Ése ha sido siempre el espíritu de Avuelapluma, hace veinte años y ahora. Porque entendernos no significa pensar igual. Significa seguir sentándonos en la misma mesa.
Y quizá ahí resida la verdadera utilidad de la cultura: recordarnos no somos adversarios, seguidores, votantes o usuarios, somos personas intentando construir un futuro común.
Ojalá Avuelapluma haya ayudado modestamente a eso durante estas dos décadas. Y ojalá nunca perdamos la capacidad de escucharnos, de discrepar sin destruirnos y de seguir utilizando la cultura como ese territorio compartido donde todavía es posible entenderse.


































