Fátima Lianes, Premio Avuelapluma Cine

Fátima Lianes, Premio Avuelapluma Cine

Empezaste como periodista y acabaste detrás de una cámara. ¿Cuándo decidiste que el periodismo tradicional ya no te bastaba para contar lo que querías contar?

Yo empecé como periodista cubriendo algunos de los momentos que cambiarían el curso de la historia y, de alguna manera, había algo adictivo en estar ahí, siempre viajando al centro de la noticia mientras ocurre. Pero con el tiempo sentí que lo que hacíamos, que era sobre todo breaking news, nos dejaba siempre en la superficie de lo que realmente ocurría. No podíamos hacer llegar el mensaje correcto, lo que de verdad les pasaba a las personas después de que las cámaras se fueran, porque eso no tenía cabida en ese formato. La inmediatez, además, tiende a subrayar solo lo oscuro, la negatividad, y yo empecé a darme cuenta desde muy joven que también podías encontrar mucha luz en esos pequeños rincones, incluso en los lugares más oscuros, en las historias que otros no estaban dispuestos a contar.

El documental se convirtió entonces en una forma distinta de estar dentro de una historia y su contexto. El periodismo sigue siendo la base de todo lo que hago, pero el documental me da ese espacio para quedarme el tiempo suficiente, para entender la contradicción del ser humano y para ver cómo no solo nos rompemos, sino también entender cómo nos reconstruimos. Pero, sobre todo, el documental me ha dado la libertad de decidir dónde quiero poner mi mirada y yo decidí ponerla en la luz, incluso en los lugares más oscuros.

Los 8 de Irak recupera la mayor tragedia del CNI español, silenciada durante casi veinte años. ¿Por qué crees que una historia tan importante había permanecido tan oculta?

Siempre que decido contar una historia me pregunto muy seriamente por qué y para qué y, realmente, necesito tener eso muy bien colocado, porque al final determinará de qué manera llegará ese mensaje a la sociedad y, sobre todo, a las personas involucradas en ella.

Los 8 de Irak era una historia que a todos resultaba muy incómoda y, de hecho, nos encontramos con muchos obstáculos para hacerla posible. Sin duda era un gran relato, pero yo la veía como una herida abierta a la que nunca se le dio la oportunidad de ser vista más allá de los titulares. Tenía muchas capas: la controvertida guerra de Irak, que España apoyó bajo el gobierno de Aznar, las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, las responsabilidades políticas, las institucionales, y además pocos meses después vino el 11-M. 

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El documental me ha dado la libertad de decidir dónde quiero poner mi mirada y yo decidí ponerla en la luz, incluso en los lugares más oscuros

Pero a mí solo me interesaba lo humano, lo pequeño: quienes eran realmente esos agentes, sus sueños, sus desafíos, sus motivaciones y contradicciones; que pasaba con el dolor de sus familias y sus compañeros. Muchas veces las historias se cuentan desde el relato de los buenos y los malos, y a mí eso no me sirve. Me interesaba entrar en ellas sin juzgar y abrirme a lo impredecible. Ahí está la magia del documental.

No quería resolver la historia ni cerrarla con un lazo, ese espacio se lo dejo siempre a la intuición del espectador y a su propia interpretación.  Mi misión era la de mirar de frente lo que llevaba demasiado tiempo oculto, desde la humildad del que realmente no sabe nada y tiene mucho que aprender. Desde ese lugar la narrativa puede tener una gran capacidad: no la de sanar una herida por sí misma, pero sí la de crear un espacio donde por fin se pueda mirar una historia de una manera segura y la manera de contar esa historia, de alguna manera, ayudó a muchas de personas, incluso a aquellas que tenían puntos de vista muy diferentes sobre lo ocurrido.

Acercarte a las familias y supervivientes de aquella emboscada debió de ser enormemente delicado. ¿Dónde está el límite entre la necesidad periodística y el respeto al dolor ajeno?

Cuando trabajas con el dolor de otras personas, lo primero es entender que ese dolor no te pertenece, y que tienes que tratarlo con mucha compasión y cuidado. Hay que acercarse, escuchar, y construir un relato donde a cada persona le des la oportunidad de encontrar su propia paz, aunque su verdad sea contraria a la del otro o a la tuya. 

Lo que he aprendido en más de dos décadas de trabajo en el terreno, especialmente en contextos extremos, es que la vulnerabilidad compartida puede convertirse en el único lugar donde es posible un encuentro real y verdadero. Pero solo funciona si tú también estás dispuesta a dejarte tocar, a mostrar tu parte vulnerable. Si entras en una historia solo desde la superioridad del que observa, no llegas a nada verdadero.

Por eso me gusta acercarme con humildad, acompañando y dejándome también sostener, porque hay historias realmente duras que acaban golpeándote a ti. Yo no me protejo de eso, yo he aprendido a aceptarlo como parte del oficio. Y creo que esa disposición es lo que a veces permite que alguien que ha vivido algo terrible se atreva a abrir una puerta que tenía cerrada, porque siente que al otro lado hay una persona humana que también tiene la capacidad de emocionarse, no solo hay una cámara.

El límite es siempre la dignidad, y con eso no negocio nunca. Muchas veces he preferido callar u omitir para preservar esa dignidad y no hacer daño. Eso lo primero que pongo sobre la mesa en cada proyecto.

Tu filmografía salta del Amazonas a Irak, del narco en Culiacán a los derechos de las mujeres en Afganistán. ¿Qué hilo conductor une proyectos tan distintos?

Lo que he ido descubriendo, una y otra vez, en contextos completamente distintos, y muchas veces muy extremos es que lo humano nunca desaparece, pero tampoco está garantizado. Siento que cada vez vivimos más anestesiados, acelerados, bombardeados de información sin profundidad y muchas veces carente de cualquier moralidad. El ¨otro¨ se ha convertido en una abstracción, en alguien lejano que no nos interpela y mi objetivo siempre es devolver al otro su humanidad, para recordarnos que somos parte de lo mismo. 

Mis películas parecen muy distintas por fuera, pero para mí están profundamente conectadas. En todas subyace una misma pregunta: qué queda de humano después de todo. La narrativa puede hacer eso: no resolver nada, pero sí crear un espacio donde volver a mirar al otro como alguien y no como algo. Y eso es algo que estamos olvidando y yo intento recuperar con cada historia. No son los países, ni los temas, sino esa búsqueda de lo que nos conecta como seres humanos.

Detrás de cada proyecto hay una decisión de dejarlo todo por esa historia. ¿Qué es lo que te engancha?

No creo que pueda utilizar la palabra enganchar sino más bien, compromiso. Cuando decido contar una historia adquiero un compromiso inmediato, no solo con la historia sino sobre todo con las personas involucradas en ella, conmigo misma y, por supuesto con mi equipo. Es algo que me tomo muy en serio. 

Cada historia que he vivido en el terreno me ha transformado, porque las historias humanas que filmo, especialmente por su naturaleza, no se quedan solo dentro de la pantalla. Encuentran siempre la manera de alcanzarte, de atravesarte también en lo personal. Y creo que ahí está la honestidad y el compromiso de este oficio: aceptar que no miras desde un lugar seguro, que mirar y contar también es exponerte y si no te deja marca a ti también, probablemente no has llegado lo bastante adentro.

Eres directora, productora, guionista, periodista de investigación y fundadora de Wild Mind Films. ¿Qué historia es la que todavía no has podido contar?

Me encantaría poder contar la historia de que la paz ha sido posible en Oriente Medio. Estamos acostumbrados a narrativas extremas, y quizás haya algo que se pueda contar desde un punto intermedio, desde la gente común de ambos lados, que sigue viviendo su vida y que sigue intentando algo que parece imposible.

Pero la historia que está debajo de todas las demás, tiene que ver con qué hacemos con todo ese daño, con el dolor, y con lo que transmitimos a las nuevas generaciones. Qué consecuencias tiene eso en los conflictos del futuro. Cómo todo abuso de poder, cómo esa violencia sigue viviendo años más tarde en la historia de cada persona y sus consecuencias. 

Supongo que lo que sigo intentando contar, una y otra vez desde lugares distintos, es cómo no perder del todo la dignidad humana. Y creo que esa pregunta ya no es solo mía, es de todos. Vivimos en un mundo cada vez más polarizado, fragmentado y lleno de ruido, un mundo donde el dolor ajeno se ha vuelto cotidiano, donde estamos más conectados que nunca y al mismo tiempo más solos y donde algo tiene que cambiar. 

Yo creo que la narrativa tiene un papel esencial ahí. No como denuncia, eso ya lo hace el periodismo y es necesario, sino como una forma de volver a poner al ser humano en el centro de la historia. Es algo mucho más pequeño y más cotidiano de lo que parece: elegir permanecer humanos cuando todo empuja en la dirección contraria.

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